El Suicidio de Venezuela por Joel D. Hirst | Güevonadas.com

lunes, mayo 02, 2016

"La Torre de David" el barrio/favela/villa/caserío mas alto del mundo
La siguiente es una traducción amateur realizada por mi de un excelente artículo realizado por el novelista y escritor estadounidense Joel D. Hirst en su blog personal al cual titula "The Suicide of Venezuela". Aclaro que no soy traductor ni pretendo serlo por lo que de haber algún error me lo pueden comunicar y lo corregiré de inmediato. También, de existir una mejor traducción, me pueden enviar el archivo o me pueden enviar el link de la página donde se encuentre y con gusto la compartiré en este mismo post

El Suicidio de Venezuela por Joel D. Hirst

Nunca esperé ser testigo del lento suicidio de un país o una civilización. Supongo que nadie lo espera.

Déjenme decirles, no hay nada de épico al respecto. Los que hemos tenido el privilegio de viajar frecuentemente miramos con satisfacción las ruinas de la antigua Grecia; el Partenon iluminado en azules y verdes. La Acrópolis. El Coliseo de Roma. Caminamos por las polvorientas calles de Timbuktu y nos maravillamos al ver las antiguas Mezquitas de barro mientras reflexionamos sobre la época en que estos lugares tuvieron una energía y un propósito. No son unas tristes reflexiones, al menos para nosotros los turistas. El tiempo le ha hecho perder fuerza al desastre. Ahora todo lo que queda son unos viejos edificios que nos cuentan la historia de cuando todo era grandioso, pero no de como lentamente las cosas se vinieron abajo. "No hubo una razón, no realmente", nos decimos los unos a los otros mientras bajamos de nuestros autobuses con aire acondicionado. "Estas cosas solo pasan, nada dura para siempre. No es culpa de nadie, así son las cosas en el mundo" mientras bebemos el vino de nuestras copas de plástico. El tiempo sigue su curso, lentamente desgastando los cimientos de una civilización hasta que esta colapsa, al menos esto es lo que pensamos para reconfortarnos a nosotros mismos. No hay nada que hacer, estos hechos no pueden detenerse, simplemente así son.

Esto mismo es lo que dirá mucha gente en cien o tal vez mil años sobre Caracas, Venezuela. O tal vez Maracay, Valencia o Maracaibo. Esas sofocantes ciudades suramericanas con sus centros comerciales, sus autopistas, sus rascacielos y sus colosales estadios. Cuando los arqueólogos del futuro draguen las aguas del Caribe y encuentren los restos de barcos hundidos para luego exhibirlos en futuristas museos y con ello contar la historia del tiempo en que estos lugares albergaron alguna vez, una civilización. Ruinas de grandes centros comerciales llenos de agua y cocodrilos; quien sabe si para ese entonces la antigua Anaconda haya reconquistado sus valles y las ratas gigantes que merodean las llanuras hagan sus madrigueras en las, antiguamente opulentas, casas de los oligarcas cubriendo de excremento sus baldosas de mármol. "No hubo nada que se pudiese hacer" dirán los turistas del futuro. "El país fue en declive hasta desaparecer. Eso pasa, así son las cosas".

Nosotros, los turistas, estamos equivocados.

Lo sé porque he visto el suicidio de una nación y ahora sé como es que eso ocurre. Venezuela esta lenta y muy públicamente, muriendo. Un proceso que ha tomado poco mas de quince años. Ver como un país de mata a sí mismo no es algo que pase regularmente. Por ignorancia uno puede presumir que un suceso como este ocurriría de una manera rápida y brutal como ocurrió durante el genocidio de Ruanda o la erupción del monte Vesubio que destruyó Pompeya. Esperamos ver cuerpos de madres abrazando a sus hijos, carbonizados por la fuerza de la naturaleza o preservados en las brillante superficie de una fotografía. Pero estas cosas no son las que promociona un suicidio nacional. Después de un desastre natural o una guerra los países y los pueblos se recuperan, se reconstruyen, se reconcilian... y se perdonan.

Pero esto no ocurre en un suicidio nacional, este es un proceso mas largo. No es el producto de un desastre momentáneo, sino de una mala decisión tras otra y otra y otra hasta que las ruedas que mueven al país empiezan a girar cada vez mas lento y el óxido comienza a cubrir su otrora brillante superficie. Una Revolución fría e iracunda. El odio como estrategia política. La ley utilizada para dividir y conquistar. Regulación tras regulación como castigo. Elecciones "democráticas" solo para cimentar una dictadura. La corrupción drenando gota a gota la vena productiva del país llenando los bolsillos de una larga y sucesiva línea de burócratas que, una vez descubiertos o destituidos, son inmediatamente reemplazados por otros de igual o peor calaña. Esto es lo mas sorprendente para mi sobre la situación de Venezuela. En mi defensa, una muy débil probablemente, puedo decir que traté de combatir el suicidio durante todo este tiempo de una forma u otra. Supongo que aun lo hago, con este escrito como última línea de resistencia. Pero como Dagny Taggert descubrí que no había nada ni nadie a quien ejercer presión, todo era una masa gelatinosa de resentimiento y excusas. "No deberían hacer eso", dije una y otra vez, "esa ley no va ha funcionar", "estas nuevas elecciones no traerán libertad", "lo que planean hacer no les dará prosperidad" y "la única igualdad que conseguirán será en una interminable cola para comprar pan". No estaba solo, un ejército de personas mucho mas inteligentes que yo dijo lo mismo públicamente en periódicos, foros de discusión, programas de televisión, reuniones comunales y campañas políticas que el resultado de estas medidas solo desembocaría en un suicidio nacional colectivo. Nadie hizo caso.

Así que me aleje. Ayudé a Uganda a recuperarse después de 25 años de guerra civil vaciando los campos de batalla y conseguir que la gente tuviese una nueva vida. Ayudé en el retorno de la democracia a Mali y la cimentación de un proceso nacional de paz. Escribí tres novelas. Me mudé, me mudé y me mudé otra vez. Amé a mi esposa y nos fuimos de vacaciones. Visitamos Marrakesh, El Cairo, Zanzibar, Portugal y El Gran Cañón. Tuvimos unas cuantas cirugías. Tuvimos un hijo al cual enseñamos a sentarse, a gatear, a caminar, a correr, a decir palabras como "clorofila" o "fotosíntesis", nombrar los planetas uno por uno y escribir su nombre.

Todo esto mientras el lento y agonizante suicidio continuaba.

Y como siempre temprano en la mañana, café en mano, encendí mi computadora para documentar tal vez solo para mi mismo un nuevo parte de este largo, lento y trágico suicidio. Chateo con mis amigos, quienes continúan tratando de explicarle a los imbéciles el por qué su miseria es el resultado directo de una mala idea construida sobre otra en un gran monumento a la estupidez. Buenos hombres y mujeres están estancados en un viejo debate de dos décadas del que no hay escape. Rezo largas oraciones en silencio por cada nueva víctima de la larga lista de prisioneros políticos. Miro las fotografías de los lugares que conocí, las playas a las que fui y restaurantes que frecuenté ahora cubiertos de basura, tapiados y llenos de pestilencia. Observo los videos que muestran el saqueo nocturno de los supermercados, al menos los pocos que hayan tenido la "suerte" de contar con un suministro de cualquier cosa.

Esta noche no hay luces. Como la ciudad de Nueva york en "La Rebelión de Atlas" de Ayn Rand, sus ojos fueron arrancados para dar de comer a los pobres de los edificios abandonados que luego fueron invadidos, edificios que alguna vez fueron lujosos complejos de apartamentos. Ellos culpan al clima, el gobierno lo hace, tal como lo hacían los Shamanes de antaño quienes realizaban sacrificios a los dioses con la esperanza de una intervención divina. Tampoco hay alimentos, le piden a la gente que resista, que críen pollos en las terrazas de sus antiguamente glamorosos apartamentos. No hay agua, pero dan lecciones en la TV del estado sobre como bañarse con un solo cubo del preciado líquido. El dinero no tiene ningún valor así que la gente paga con papas, si es que las consiguen. Los médicos operan bajo las luces de sus teléfonos, cuando hay energía suficiente para cargarlos, sin anestesia y por supuesto sin antibióticos, tal como en los tiempos anteriores al advenimiento de la medicina moderna. El servicio telefónico ha sido cortado y muy pronto el servicio de internet sufrirá el mismo destino. La oscuridad total recaerá sobre una tierra salvaje.

El maratón de destrucción está casi completo. La energía vital de la nación está casi agotada. No, no hay nada de épico o heroico aquí, las ruinas en proceso son un asunto triste, y privados del reconfortante manto del tiempo que se presta a la intriga y la inevitabilidad, para mi, ha sido una de las mayores tragedias de la vida.

Para leer el escrito original (en inglés) pueden hacer click aquí: Joel D. Hirst's Blog.

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