Abdul Alhazred y la Montaña Negra de Lin Carter

Tras el destino que sufrió Sargón el Hechicero, el desventurado caldeo, me levanté y dejé mi aposento en el antiguo Valle de las Tumbas, y me dirigí a la famosa ciudad de Damasco en la tierra de los sirios, porque en aquel país vivían juntos algunos de mis antiguos discípulos, habiendo ido allá desde la ciudad de los alejandrinos unos años antes.

Largo fue mi viaje hasta allí, y no sin ciertas desgracias y aventuras, las cuales no mencionaré en este relato, ya que no tienen que ver con el asunto tratado; pero baste decir que yo, Alhazred, atravesé las Tres Arabias y, por fin y a su debido tiempo, me encontré en cierto lugar dentro de los dominios del Gran Califa, un lugar que era conocido por el Hombre en los días pasados de la antigüedad, ya que se trataba de las ruinas roídas por la edad de la antigua Kuthchemes, una ciudad que no se ha olvidado con el tiempo, y que perdura desde la era primordial de los hibóreos, cuyo pueblo ha olvidado todo el mundo menos los hechiceros.

Pero no es de estos fragmentos derruidos de piedra de los que quiero hablar, sino de la elevación oscura que se alzaba junto a las mencionadas ruinas, que es conocida entre algunos de los sabios como la Montaña Negra.

Estaba escrito desde antaño en los anales de Pnom el Exorcista, y también en los textos de Eibon el Hiperbóreo, que dentro de esta vieja Montaña aprisionaron los Dioses Arquetípicos detrás de su Símbolo Arcano incluso al Gran Señor Yog-Sothoth, después de que los Primigenios hubieran sido vencidos por completo y expulsados del poder por los Dioses en el término de aquella terrible guerra por la que los extremos del cosmos aún retumban con sus truenos.

Y allí en la misma sombra de la Montaña Negra me atreví a quedarme durante un tiempo, haciéndome todo tipo de preguntas a continuación: acerca del Señor Yog-Sothoth, que es Todos-en-Uno y Uno-en-Todos, y que fue engendrado por la Niebla Sin Nombre de su misma sustancia, y después de una cierta costumbre que es propia de los Primigenios, y solo conocida por ellos; y que el momento de ese parto monstruoso (dijo Pnom) fue en la Horadel Viento en Espiral de Nith, del que yo, Alhazred, no conozco nada que me atreva a comunicar a los mortales corrientes. Y es que hay cosas sobre las que es temerario especular, y que incluso su mero conocimiento es dañino.

Y también está escrito en los Textos Antiguos que la Niebla Sin Nombre se encuentra entre los primeros vástagos de Azathoth el Sultán Demoniaco, y que es hermana de La Oscuridad, de cuyo vientre nació esa entidad infernal con forma de nube llamada Shub-Niggurath, en cuyo honor cultos

indecibles celebran los espantosos ritos de la Cabra con un Millar de Retoños; y Shub-Niggurath nació en el lugar llamado Shumath-Ghun, que se encuentra entre el misterio impenetrable de la Nebulosa Negra… Pero de estos asuntos sé poco y debería hablar aún menos.

Entonces, mientras me encontraba allí a la sombra de la Montaña Negra, meditando acerca de los misterios de la Antigüedad, por fin advertí que una hueste del pueblo del desierto compartía conmigo esta desolación, y vi sus tiendas negras desde las alturas en donde moraba; y a continuación me presenté al líder de esta tribu, que tenía un nombre de lo más extraño, ya que se llamaban Los Sin Nombre; y su caudillo era el Jeque Fakredin.

Fue de sus labios barbados de los que supe por fin por qué su pueblo tenía el nombre de Los Sin Nombre, y la razón era que estaban desterrados de las naciones de sus semejantes, porque habían abjurado de la adoración de Alá y Su Profeta para inclinarse ante los Primigenios, a quienes sus ancestros habían servido en los Días Antiguos.

Y es que éstos eran nada menos que los descendientes de aquellos servidores humanos que habían liberado hace evos a Yog-Sothoth de la esclavitud del Símbolo Arcano, en los días en los que el Gran Rey Ramsés se sentaba en el trono de Egipto y los Hijos de Israel no hacía mucho que se habían liberado de su esclavitud y habían cruzado el Mar Rojo hacia la tierra prometida a ellos.

Parecía que los descendientes contemporáneos de los descendientes de aquellos siervos humanos de Yog-Sothoth aún eran fieles a su terrible Señor, y se reunían una vez cada lustro en la Montaña Negra con ciertos ritos para su liberación.

Supe de mi estudio de los Textos Antiguos que habían sido hombres mortales los que habían liberado al que Acecha en el Umbral, pero lo que no había sabido hasta ese momento era que Yog-Sothoth aún contase con siervos humanos, y todo lo que había aprendido apuntaba a que sus servidores eran los espantosos gugs, y no moraban en el Mundo de Vigilia de Malkut, sino en el Mundo de Sueños de Yesod.

Y conversamos largo tiempo bajo la gloria de las estrellas en movimiento, ya que el Jeque Fakredin era uno de los pocos que sabían que yo, Alhazred, había sido el primero de los hombres en abrir la Puerta hacia el Exterior, hacia donde moraba Yog-Sothoth en el Caos más allá del Espacio y el Tiempo, y por esa buena razón me tenían en cierta estima.

Hablamos sobre muchas cosas; las criptas de Shuggonbajo las olas, que era la patria perdida con el tiempo de los valusianos anteriores a los humanos, el pueblo Serpiente, cuyo continente se hizo pedazos por la acción de fuerzas titánicas y se hundió bajo el peso poderoso de enormes olas en el alba de los tiempos; y hablamos de la carmesí Haddoth, desde la que vino a la Tierra el horrible e indecible Shudde-M’ell, y de muchos otros prodigios, pero ningún otro debe escribirse en esta página, porque no parece apropiado que nadie, salvo un iniciado, deba escuchar siquiera un rumor de dichos saberes arcanos.

Era cerca de la hora del amanecer cuando regresé a mi tienda en las estribaciones sombrías que agachaban sus hombros furtivos bajo la altura de la Montaña Negra, y me gustó poco el descubrimiento que había hecho, y deseé de corazón alejarme de Los Sin Nombre, y ponerme en

marcha por el largo camino hasta Damasco. Y es que no me gustaba la malsana proximidad a la montaña hueca en cuyos abismos había habitado el mismo Yog-Sothoth durante siglos, en la prisión del Símbolo Arcano… odiando las piedras que lo rodeaban desde lo más hondo de su maldad infinita.

Y sucedió que la misma noche que yo había hablado largo rato en la tienda del siniestro Fakredin, decidí abandonar las proximidades de esta montaña maldita y de mala fama, y mientras los fuegos dorados del alba teñían los cielos guardé mis pertenencias, desmonté mi tienda, subí a mi camello, y huí hacia Damasco por el viejo camino entre las arenas, que se extendía hasta morir en el horizonte, y cuyas piedras habían sido colocadas por los romanos en sus esplendorosos días de conquista e imperio. Y las alturas umbrías de la Montaña Negra fueron quedando atrás poco a poco, hasta que, al caer la noche, el monte no era más que una muesca en el horizonte negro contra la gloria del crepúsculo.

Debéis saber que yo, Alhazred, que una vez había sido el mayor de los adoradores de Yog-Sothoth, era apóstata desde entonces, y estaba maldito, según creía, por el temible Señor ante el que una vez me había arrastrado por el suelo, y ante quién incluso había hecho la Ofrenda Roja, durante aquella estancia en Irem, la Ciudad de los Pilares… Por eso fue por lo que no me atreví a quedarme en las proximidades de la Montaña Negra en aquellas noches en las que Los Sin Nombre aullaban sus horribles cánticos a las vigilantes estrellas y encendían sus fuegos y celebraban sus repulsivos ritos ante ese conglomerado de esferas iridiscentes, entrevistos pero magníficos en su maligna indecencia, a cuyo rostro terrible e inhumano y desnudo había mirado en una ocasión.

Cuando por fin hube entrado en la famosa ciudad de Damasco, y me hube reunido con mis discípulos, al fin me sentí seguro, y aparté de mi memoria el recuerdo de la Montaña Negra y de Los Sin Nombre. Esa víspera comimos juntos, ya que mis antiguos estudiantes habían preparado un banquete en mi honor, y había cordero asado con menta, arroz cocido, y dátiles e higos y cebollas, y buen vino tinto de Schiraz y dulce vino blanco de Kirmische en abundancia, y esa noche dormí con la panza llena. Pero mi sueños no fueron agradables.

Me pareció encontrarme en un promontorio, y vi la Montaña Negra cerniéndose contra las estrellas, y supe que era la noche de la Reunión. Y mientras miraba desde mi atalaya, vi a Los Sin Nombre en una fila interminable, todos vestidos con túnicas negras y escarlatas, con antorchas encendidas, entrando a través de una puerta secreta en la escarpada pared de piedra aparentemente intacta; y supe en el fondo de mi corazón que buscaban dentro de la montaña aquel abismo ominoso que había sido la cárcel de Yog-Sothoth durante infinitos evos, a quien esperaban en esa noche.

Y entonces vi su sombra descender desde las estrellas… Ya que no había modo de olvidar aquel cúmulo de esferas fangosas fosforescentes, aquellos tentáculos gelatinosos que se retorcían, y, surgiendo del centro de este horror, esa cosa inconcebible que era el rostro de Yog-Sothoth…

Chillé a pleno pulmón, y desperté jadeando sobre mi jergón empapado por el sudor mientras las vacías paredes de mi aposento vibraban con el eco de mi chillido, y encontré sobre la mojada

almohada esta nota, clavada a la cama con una esbelta daga curva, cuya empuñadura de suave marfil viejo había visto ceñida en la faja del Jeque Fakredin, y el mensaje decía así:

Has de saber, oh Alhazred, que no te sirvió de nada huir, ya que el Señor Yog-Sothoth te encontrará, incluso en la ciudad de los damasquinos, y en la hora predicha te hará pedazos por tu apostasía.

Esta nota llevaba la firma de Fakedrin. Y sobre la empuñadura de su daga estaba grabado el sello de Yog-Sothoth, el Todos-en-Uno y Uno-en-Todos.

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