El Chico Tranquilo por Nick Antosca (Parte 9)

Miró hacia la maloliente y viciada oscuridad. Su corazón estaba a mil por hora, lo sentía en su garganta en sus oídos y en su pecho.

La determinación que la había poseído en su desesperado deseo por entrar a la casa y ayudar al niño en peligro amainó un poco. ¿Realmente escuché lo escuché?

Si, lo había escuchado todo y había visto una silueta. Había un niño en esta casa y debe estar aterrado, posiblemente lastimado y con dolor.

Entonces ¿por qué todo este silencio?

Se adentró mas en la casa. El aire se sentía «pesado». Tomó el cuello de su camisa y cubrió con ella su boca. Algo podrido estaba en este lugar. Había animales, o algo parecido, guindando en las paredes. Uno de ellos ya estaba en descomposición.

«¿Todd?»

Su voz se disipó en el aire. Estaba en el estrecho pasillo principal de la casa. A su izquierda la cocina, con antiguos y sucios platos atestados en el fregadero cubiertos de un moho verde. A la derecha, lo que parecía ser la sala. La habitación en la que vio entrar a aquella silueta.

Entró a la habitación. La alfombra tenía un color entre marrón y verdoso. Había botellas de licor en una de las esquinas y heces de rata por todo el suelo. También vio un amarillento calendario de los Pieles Roja de Washington colgando en la pared, y en la mesa central un tazón llenó de una masa negra que alguna vez había sido sopa.

A un lado del tazón había tres figuritas hechas de arcilla roja. Las figuras tenían una desproporcionada cabeza en relación al cuerpo. Representaban a algún tipo de animal, posiblemente cabras.

«¿Todd?» volvió a gritar.

Logró ver un símbolo garabateado en la mesa, parecía haber sido hecho hace mucho, con una especie de substancia negra.

Una estrella de cinco puntas. Tenía además otras marcas o símbolos, algo que parecían ojos con pupilas rectangulares como los ojos de las cabras. Uno en cada punta de la estrella.

Una sensación de pavor se estaba apoderando de ella, como si no hubiese calculado bien la situación en la que se encontraba.

No debí haber venido.

Sintió escalofríos. Otra vez esa sensación, la de alguien estando muy cerca de ella. Esa presencia que había imaginado -no, no la había imaginado- cuando se asomo a través de la ventana tapiada. Esa malevolencia, ese puro y poderoso odio.

La presencia estaba justo detrás de ella. Emanando un inmenso deseo de realizar actos de extrema crueldad. Mutilar, profanar e inhalar la agonía de otros.

Miró detrás de ella. Nada, absolutamente nada. Quiso abandonar la casa de inmediato. Pero otro estaba esta otra habitación, una aun mas oscura, a donde la pequeña figura que había visto al principio se ocultó, mas allá de la sala.

Se acercó unos pasos a la entrada de esa habitación, era el comedor, aquí ya no entraba la luz del exterior. No quiso entrar, solo se limitó a mirar al interior desde la puerta.

Vio dos cuerpos.

Un hombre adulto y un niño pequeño yacían en el suelo.

Por su aspecto deben haber muerto hace ya bastante tiempo. Estaban secos como las hojas de los árboles, casi momificados, y había algo extraño con sus rostros.

La impresión la hizo estremecerse tan fuerte que pareció una convulsión. Presa de un pánico incontrolado salió corriendo de la casa. Mientras corría, en el patio tomó frenéticamente su teléfono. Sin servicio.

La casa lo está haciendo, pensó histéricamente. Lo que sea que hay en la casa, es así de poderoso. Está interfiriendo con la señal.

Estaba ya en medio de la calle cuando finalmente la señal de su teléfono se restableció.

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