El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo I)

Hay sacramentos tanto del mal como del bien en torno nuestro; y vivimos y nos movemos, a mi juicio, en un mundo desconocido, en un lugar donde hay cavernas y sombras y moradores del crepúsculo. Es posible que el hombre pueda a veces retroceder en el sendero de la evolución, .y creo que hay un saber terrible que no ha muerto todavía.

Arthur Machen

No hace muchas semanas, en la esquina de una calle del pueblo de Pascoag, Rhode Island, un peatón alto, de constitución fuerte y aspecto saludable, dio mucho que hablar a causa de su singular comportamiento.

Al parecer, había bajado por la carretera de Chepachet, y al llegar a la parte más densa había torcido a la izquierda, por la calle principal, donde varios bloques de modestos establecimientos dan cierta impresión de núcleo urbano.

Al llegar allí, y sin causa aparente, manifestó su singular comportamiento: miró un segundo de forma extraña hacia el más alto de los edificios, y luego, profiriendo alaridos aterrados e histéricos, inició una frenética carrera que concluyó cuando tropezó y cayó en el cruce siguiente. Unas manos solicitas le recogieron y le sacudieron el polvo, descubriéndose entonces que estaba consciente, físicamente ileso, y claramente repuesto de su repentino ataque de nervios.

Murmuró unas avergonzadas explicaciones sobre cierta tensión que había soportado, se encaminó con la cabeza gacha hacia la carretera de Chepachet y emprendió el regreso sin volver la vista atrás ni una sola vez. Encontraron extraño que le sucediera a un hombre tan corpulento, robusto y de aspecto tan normal un percance semejante; extrañeza que no disminuyó al oír los comentarios de uno de los mirones, que le habla reconocido como el huésped de un conocido lechero de las afueras de Chepachet.

Resultó ser un detective de la policía de Nueva York llamado Thomas F. Malone, el cual se encontraba disfrutando de un largo permiso, para someterse a tratamiento médico, tras un trabajo excepcionalmente arduo en un espantoso caso local de dramáticas consecuencias. Varios edificios de ladrillo se habían derrumbado durante una redada en la que él había participado, y hubo algo en la mortandad general, entre detenidos y compañeros suyos, que le habla horrorizado de manera especial. A causa de ello, habla adquirido un horror agudo y anómalo a todo edificio que se pareciese siquiera remotamente a los que se habían derrumbado, de manera que al final los psiquiatras le prohibieron contemplar cualquier edificio de ese tipo durante algún tiempo. Un médico de la policía que tenía familia en Chepachet sugirió que dicha aldea, formada por casas coloniales de madera, podía ser un lugar ideal para su convalecencia psíquica, y allí se habla retirado el paciente, prometiendo no aventurarse a andar por calles con fachadas de ladrillo de las grandes poblaciones hasta que le aconsejase debidamente el especialista de Woonsocket, con quien le habían puesto en contacto…

Este paseo hasta Pascoag con idea de comprar revistas había sido un error, y el paciente había pagado su desobediencia con un susto, algunas contusiones y una humillación.

Esto era cuanto sabían los chismosos de Chepachet y de Pascoag; y eso era, también, lo que los doctos especialistas creían. Pero al principio Malone había contado a los especialistas mucho más; aunque dejó de contarles nada al ver la absoluta incredulidad que reflejaban sus semblantes. A partir de entonces guardó silencio, y no protestó en absoluto cuando todos coincidieron en afirmar que había sido el derrumbamiento de los ruinosos edificios de ladrillo del sector de Red Hook, de Brooklyn, y la muerte consiguiente de muchos esforzados oficiales, lo que había ocasionado su desequilibrio nervioso. Había trabajado demasiado, dijeron, en la limpieza de aquellos nidos de desorden y de violencia; algunos detalles fueron horrorosos a todas luces, y la inesperada tragedia había supuesto la gota que colmaba el vaso. Esta era una explicación simple que todo el mundo podía entender; y como Malone no era un simple, comprendió que era preferible dejarlo así. Hablar a unas gentes sin imaginación de un horror que escapaba a toda concepción humana —de un horror que se cobijaba en casas y en edificios y en Ciudades invadidas por el cáncer y la lepra de una maldad venida de otros mundos— habría sido invitarles a que le encerrasen en una celda acolchada, en vez de permitirle un descanso temporal; y Malone era un hombre con sentido común, a pesar de su misticismo. Tenía la aguda visión del celta para las cosas preternaturales y ocultas, y el ojo vivo del lógico para lo que en apariencia era convincente, amalgama que le había llevado muy lejos en los cuarenta y dos años de su vida y le había colocado en extraños lugares para un hombre que se había formado en la Universidad de Dublín y había nacido en una villa georgiana próxima a Phoenix Park.

Y ahora, al repasar las cosas que habla visto y sentido y comprendido, Malone se alegró de no haber confiado a nadie algo que era capaz de convertir a un intrépido luchador en un neurótico tembloroso, las viejas barriadas de ladrillo y las oleadas de rostros cetrinos y huidizos en algo pesadillesco y prodigiosamente siniestro. No sería ésta la primera vez que sus sentimientos se quedaran sin interpretación, pues ¿acaso no era su mismo acto de sumergirse en el abismo políglota del hampa neoyorquina un fenómeno que escapaba a toda explicación razonable? ¿Qué podía contarles a las gentes prosaicas sobre las antiguas brujerías y las grotescas maravillas discernibles para unos ojos sensibles en este caldero inmundo donde las más diversas heces de épocas malsanas mezclaban su ponzoña y perpetuaban sus obscenos terrores? El había visto la llama verde e infernal de secreto prodigio en esa confusión estridente y evasiva de avidez exterior y de interna blasfemia, y había sonreído con desprecio cuando los neoyorquinos que le conocían se burlaban de sus experimentos en su labor policial. Se habían mostrado muy graciosos y cínicos, y se habían reído de su búsqueda fantástica de misterios incognoscibles, asegurándole que en estos tiempos no habla en Nueva York más que bajeza y vulgaridad.

Uno de ellos le había apostado bastante dinero a que —pese a las numerosas cosas emocionantes que había publicado en la Dublin Review— no era capaz de escribir siquiera un relato verdaderamente interesante sobre la vida de los bajos fondos de Nueva York; y ahora, al reflexionar sobre ello, se daba cuenta de la ironía cósmica que había justificado las palabras proféticas al refutar secretamente su frívolo significado. El horror, como vio al fin, no podía ser objeto de relato; pues como el libro que cita la autoridad alemana de Poe, «es lasst sich nicht lesen», “no consiente en ser leído”.

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