El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo II)

Para Malone, la existencia producía siempre una sensación latente misterio. De joven había percibido la oculta belleza, el éxtasis de las cosas, y había sido poeta, pero la pobreza y el sufrimiento y el exilio le habían hecho volver la mirada en direcciones más tenebrosas, y se había estremecido ante la maldad del mundo que le rodeaba. La vida diaria se había vuelto para él una fantasmagoría de sombras macabras; brillante y descocada unas veces, ocultando la corrupción con el mejor estilo de Beardsley, y, otras, sugiriendo terrores tras las formas y los objetos más corrientes, como las obras sutiles y menos llamativas de Gustavo Doré. A menudo consideraba misericordioso que la mayoría de las personas inteligentes se mofaran de los misterios más recónditos, pues, argüía, si las mentes superiores entraran alguna vez en comunicación plena con los secretos guardados por antiguos cultos inferiores, no tardarían las anormalidades no sólo en destruir el mundo, sino en amenazar la misma integridad del universo. Estas reflexiones eran morbosas, evidentemente, pero su agudo sentido de la lógica y su profundo humor las equilibraban de manera saludable. Malone se conformaba con que sus ideas se quedaran en visiones semivislumbradas y prohibidas para poder jugar con ellas con ligereza. La historia llegó sólo cuando el deber le colocó ante una revelación infernal demasiado repentina e intensa para poder soslayarla.

Hacía algún tiempo que le habían destinado a la comisaría de Butler Street, de Brooklyn, cuando tuvo noticia del caso de Red Hook. Red Hook es un laberinto de híbrida miseria próximo al barrio marinero frente a la Isla del Gobernador, con suicidas carreteras que ascienden de los muelles a un terreno elevado donde los deteriorados tramos de Clinton Street y Court Street conducen al Ayuntamiento. Sus casas son en su mayoría de ladrillo, construidas durante el segundo cuarto del siglo XIX, y algunos de los callejones y travesías más oscuros tienen sabor antiguo y seductor que la literatura convencional nos inclina a calificar de “dickensiano”. La población es una mescolanza y un enigma irremediables: en ella chocan entre sí componentes sirios, españoles, italianos y negros, a no mucha distancia de los cinturones escandinavo y americano. Es una babel de ruidos e inmundicia que profiere extraños gritos al contestar a las mansas olas oleaginosas que lamen los sucios espigones y a las monstruosas letanías que compone el órgano de los silbidos portuarios. Aquí imperaba hace tiempo un cuadro mucho más brillante, cuando los marineros de ojos daros pululaban por las calles inferiores, y unos hogares con más personalidad y gusto bordeaban la colina. Aún pueden descubrirse vestigios de su antiguo esplendor en las formas elegantes de los grandes edificios, las airosas iglesias, y los testimonios de un arte y un pasado originales en pequeños detalles diseminados aquí y allá: un gastado tramo de escaleras, una puerta deteriorada, un par de carcomidas columnas decorativas, o un trozo de lo que en otro tiempo fuera espacio verde, con la barandilla torcida y herrumbrosa. En general, las casas componen bloques homogéneos, y, de cuando en cuando, se eleva una cúpula con múltiples ventanas para recordar los tiempos en que las familias de los capitanes y los armadores vigilaban el mar.

Un centenar de dialectos blasfemos asaltaban el cielo desde esta mescolanza de podredumbre material y espiritual. Hordas de merodeadores deambulaban gritando y cantando por callejones y calles; unas manos furtivas, de tarde en tarde, apagaban de pronto la luz y corrían las cortinas, y unos rostros oscuros, marcados por el pecado desaparecían de la ventana al sorprenderlos el visitante. Los policías desesperan de imponer algún orden, y tratan de levantar barreras a fin de proteger el mundo exterior del contagio. Al ruido metálico de la patrulla responde una especie de silencio espectral, y los detenidos que se llevan jamás se muestran comunicativos. Los delitos evidentes son tan variados como los dialectos locales, y abarcan desde el contrabando de ron y la entrada clandestina de extranjeros, pasando por los diversos grados de depravación y oscuro vicio, hasta el asesinato y la mutilación en sus formas más horrendas. El hecho de que estos delitos visibles no sean más frecuentes no es ninguna honra para el vecindario, a menos que la capacidad de ocultación sea un arte digno de honra. Entra más gente en Red Hook de la que sale —al menos, de la que sale por tierra—, y los causantes de ello son los menos locuaces con toda probabilidad.

Malone encontró en este estado de cosas un vago hedor y secretos más terribles que cuantos pecados denunciaban los ciudadanos y deploraban los sacerdotes y filántropos.

Sabía, como persona en que una gran imaginación se unía a conocimientos científicos, que la gente moderna que vive al margen de la ley tiende misteriosamente a repetir las pautas instintivas más oscuras de salvajismo primitivo y cuasi simiesco en su vida diaria y en sus observaciones rituales; y con un estremecimiento de antropólogo, habla visto a menudo desfilar procesiones, acompañadas de cánticos y blasfemias, de jóvenes de ojos turbios y rostros picados de viruela que desfilaban durante las primeras horas de la madrugada. Constantemente se veían grupos de estos jóvenes; unas veces, mirando de soslayo en las esquinas de las calles; otras, en los portales, tocando misteriosamente instrumentos musicales de escasa calidad; otras, sumidos en un embotamiento anonadante, enfrascados en conversaciones indecentes alrededor de una mesa de algún restaurante próximo a Borough Hall, o hablando en voz baja junto a un taxi desvencijado ante el pórtico solemne de algún caserón viejo y ruinoso con los postigos cerrados. Le fascinaban y le producían escalofríos, más de lo que se atrevía a confesar a sus compañeros de cuerpo, porque le parecía ver en ellos una especie de hilo monstruoso de secreta continuidad, una pauta diabólica, misteriosa y antigua que estaba más allá y por debajo de las acciones, costumbres y guaridas investigadas con concienzudo cuidado técnico por la policía. Eran sin duda, intuía él, herederos de alguna tradición espantosa y primordial, partícipes de cultos y ritos degradados y fragmentarios, más viejos que la humanidad. Lo sugería su coherencia y su precisión, y lo revelaban los indicios de un orden subyacente bajo el sórdido desorden. No en vano había leído tratados como el Witch-Cult in Western Europe de Margaret Murray y sabía que había pervivido hasta los últimos años, entre los campesinos y las gentes furtivas, un tipo horrible y clandestino de reuniones y orgías que provenía de tenebrosas religiones anteriores al mundo ario, y que aparecían en las leyendas populares como misas negras y aquelarres. No creía en absoluto que hubiesen desaparecido por completo estos vestigios infernales de magia asiático-turania y de cultos de la fertilidad, y se preguntaba a menudo cuánto más antiguos y negros serían algunos de ellos de lo que se contaba en realidad.

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