El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo III)

Fue el caso de Robert Suydam el que introdujo a Malone en el cogollo del asunto de Red Hook. Suydam era un hombre solitario y culto que pertenecía a una antigua familia holandesa; cantó desde el principio con los medios justos para vivir con independencia, y habitaba la amplia pero mal conservada mansión que su abuelo había construido en Flatbush cuando dicho pueblo era poco más que un agradable conjunto de casas de estilo colonial alzadas en torno al templo de la Iglesia Reformada, cubierto de hiedra, con su campanario y su cementerio cercado con valla de hierro y poblado de lápidas con nombres holandeses. En su casa solitaria de Martense Street, en medio de un jardín de árboles venerables, Suydam había leído y meditado durante seis décadas, excepto un período en que embarcó, una generación antes, rumbo al viejo continente; donde permaneció durante ocho años. No podía permitirse tener criados, admitía pocas visitas en su absoluta soledad, evitaba amistades íntimas y recibía a sus escasos conocidos en una de las tres habitaciones de la planta baja que él mismo mantenía en orden, una inmensa estancia con estanterías que llegaban basta el techo, sólidamente atestadas de libros pesados, rotos, arcaicos y de aspecto vagamente repugnante. El crecimiento del pueblo y su absorción final por el distrito de Brooklyn no había significado nada para Suydam, quien a su vez había ido significando menos para el pueblo. La gente mayor aún le señalaba por la calle, pero para la mayoría de la población más joven era tan sólo un tipo raro, corpulento y viejo, cuyo cabello blanco y desgreñado, barba hirsuta, traje negro reluciente y bastón con puño de oro, le valían una mirada divertida y nada más.

Malone no le conoció de vista hasta que el deber le hizo intervenir en el caso, pero había oído decir que era una verdadera autoridad en supersticiones medievales, y una vez había querido echar una ojeada a un opúsculo suyo, ya agotado, sobre la cábala y la leyenda de Fausto, opúsculo que un amigo suyo había citado de memoria.

Suydam se convirtió en un «caso» cuando sus lejanos y únicos parientes trataron de obtener un dictamen judicial sobre su salud mental. La decisión de estos parientes había parecido repentina al mundo exterior, pero en realidad la tomaron sólo tras una prolongada observación y penosas discusiones. Se basaba en ciertos cambios extraños que habían apreciado en su forma de hablar y en sus hábitos, así como en extravagantes referencias a prodigios inminentes y en sus inexplicables visitas a los vecindarios de Brooklyn de mala reputación. Con los años se había ido volviendo más descuidado en su persona, hasta convertirse en un auténtico pordiosero; y los avergonzados amigos le veían a veces por las estaciones del Metro, o haraganeando en los bancos de los alrededores de Borough Hall, conversando con desconocidos de piel oscura y cara tenebrosa. Cuando hablaba, era para farfullar cosas sobre ciertos poderes ilimitados que casi tenía bajo su control, y repetir con furtivas miradas de inteligencia palabras o nombres místicos como «Sefirot», «Asmodeo» y «Samaél». El dictamen judicial declaró que estaba consumiendo sus rentas y malgastando su peculio en la compra de extraños volúmenes, importados de Londres y de París, y en el mantenimiento de un sótano miserable en el distrito de Red Hook, donde pasaba casi todas las noches recibiendo extrañas delegaciones de gentes extranjeras, broncas y heterogéneas, y dirigiendo al parecer cierta clase de ritos ceremoniales tras las verdes y discretas persianas. Los detectives a quienes se asignó su vigilancia informaron haber oído desde el exterior extraños gritos y cánticos y ruidos de saltos, durante esos ritos nocturnos, y se estremecían ante su éxtasis y abandono, pese a las vulgares orgías que solían celebrarse en ese sector embrutecido. Sin embargo, cuando llegó a conocerse la noticia, Suydam se las arregló para seguir en libertad. Ante el juez, su actitud fue cortés y razonable, y admitió sin reservas la rareza de conducta y extravagancia de lenguaje en que había caído a causa de su excesiva entrega al estudio y a la investigación. Se había consagrado, dijo, a la investigación de ciertos aspectos de las tradiciones europeas que requerían el más estrecho contacto con grupos extranjeros, y el conocimiento de sus canciones y sus danzas populares. La idea de que una ruin sociedad secreta le estaba devorando, como sugerían sus parientes, era evidentemente absurda; demostraba lo poco que comprendían su obra. Tras el triunfo de sus serenas explicaciones, se le dejó en libertad, y fueron retirados los detectives contratados por los Suydam, Corlear y Van Brunt con resignado disgusto.

Fue por entonces cuando se hizo cargo del caso un grupo formado por inspectores federales y policías, Malone entre ellos. La policía había seguido con interés el caso de Suydam, y había sido llamada en muchas ocasiones para que ayudase a los detectives privados. Durante este trabajo se puso de manifiesto que entre los nuevos amigos de Suydam se encontraban los más negros y depravados criminales que pululaban por los tenebrosos callejones de Red Hook, y que al menos una tercera parte de ellos eran reincidentes en casos de robo, disturbios e introducción ilegal de inmigrantes. En efecto, no sería exagerado decir que el círculo particular del viejo erudito coincidía casi cabalmente con la peor de las camarillas organizadas que ayudaban desde tierra a pasar clandestinamente a cierta hez incalificable de asiáticos tan sabiamente devueltos por Ellis Island. En los tugurios rebosantes de Parker Place —rebautizada posteriormente— donde Suydam tenía el sótano, se había formado una inusitada colonia de gentes extrañas de ojos rasgados que utilizaban el alfabeto árabe, aunque era rechazada manifiestamente por la gran mayoría de sirios que vivían en Atlantic Avenue y sus proximidades. Todos podían ser deportados por falta de documentación, pero los mecanismos legales funcionaban con lentitud, y no se puede remover Red Hook a menos que la publicidad obligue a las autoridades a tomar tal medida.

Estos seres acudían a una derruida iglesia de piedra, utilizada los viernes como sala de baile, la cual alzaba sus contrafuertes góticos cerca de la parte más sórdida del barrio marinero. Teóricamente era católica, pero los sacerdotes de todo Brooklyn negaban al lugar toda categoría y autenticidad, y los policías coincidían con ellos cuando escuchaban el rumor que salía de ella por la noche. Malone creía oír a veces, cuando la iglesia permanecía vacía y sin luces, las notas bajas y desafinadas de un órgano secreto y terrible como si brotasen de las profundidades del subsuelo; en cuanto a los demás observadores, les amedrentaban los chillidos y golpes de tambor con que acompañaban los servicios religiosos. Al ser interrogado, Suydam dijo que creía que el ritual era un residuo de cristianismo nestoriano teñido de chamanismo del Tíbet. La mayoría de estas gentes, según él, era de origen mongólico y procedía de alguna región próxima al Kurdistán, y Malone no pudo evitar el pensar que el Kurdistán es el país de los yezidíes, últimos supervivientes de los adoradores persas del diablo. Fuera como fuese, el revuelo de la investigación de Suydam confirmó que estos recién clandestinos acudían a Red Hook en número vez mayor, entraban por el país gracias a alguna aspiración no detectada por los oficiales de aduanas ni por la policía portuaria, invadían.

Parker Place y se extendían rápidamente por la colina, siendo acogidos con fraternidad por los variopintos residentes de la zona. Sus figuras achaparradas y sus fisonomías característicamente bizcas, combinadas de manera grotesca con ropas llamativamente americanas, aparecían cada vez con más frecuencia entre los maleantes y pistoleros nómadas del sector de Borough Hall; hasta que por último se juzgó necesario efectuar un censo de todos ellos, averiguar cuáles eran sus recursos y ocupaciones y ver la forma de cercarles y entregarles a las autoridades de inmigración. Malone fue asignado para esta misión por acuerdo de las fuerzas federales y locales, y cuando empezó la criba de Red Hook, percibió que se encontraba al borde mismo de unos terrores indecibles, con la figura andrajosa y descuidada de Robert Suydam como principal enemigo y adversario.

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