El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo IV)

Los métodos de la policía son diversos e ingeniosos. Malone, valiéndose de discretos paseos, cuidadosas conversaciones casuales, calculados ofrecimientos de licor y discretas entrevistas con asustados prisioneros, se enteró de bastantes detalles sueltos sobre ese movimiento que había adoptado un cariz tan amenazador. En efecto, los recién llegados eran kurdos, aunque hablaban un dialecto oscuro y desconcertante en cuanto a su exacta filología. Los que trabajaban lo hacían en su mayor parte como cargadores de muelle, o eran buhoneros sin licencia, aunque a menudo servían en restaurantes griegos y atendían en los quioscos de periódicos de las esquinas. La mayoría, sin embargo, carecía de un medio visible de subsistencia, y tenía que ver, evidentemente, con actividades del hampa, de las cuales el contrabando y el tráfico ilegal de licores eran las menos inconfesables. Casi todos habían llegado en buques de vapor y habían sido desembarcados durante noches sin luna en botes de remo que después se metían furtivamente por debajo de cierto muelle y seguían por un canal oculto, hasta un remanso subterráneo situado debajo de cierta casa. Malone no consiguió localizar el muelle, ni el canal, ni la casa, ya que la memoria de sus informadores era terriblemente confusa, en tanto que su lenguaje era en parte incomprensible aun para los intérpretes más capaces; tampoco pudo obtener ningún dato coherente sobre las razones de su importación sistemática. Se mostraron reservados respecto al lugar del que venían, y en ningún momento les pudo coger lo bastante desprevenidos como para revelar qué agentes les habían buscado y dirigido. En efecto, manifestaron algo así como un tremendo pavor cuando se les preguntó por los motivos de su presencia allí. Los maleantes de otras razas se mostraron igualmente reservados, y lo más que se pudo inferir fue que un dios o gran sacerdote les había prometido poderes inauditos y glorias y gobiernos sobrenaturales en una tierra extraña.

La asistencia de los recién llegados y antiguos delincuentes a las rigurosamente vigiladas reuniones nocturnas de Suydam era muy asidua, y la policía no tardó en enterarse de que el antiguo solitario había alquilado pisos adicionales para acomodar a aquellos invitados que estaban al tanto de sus consignas, llegando a adquirir finalmente tres edificios enteros y albergando de forma permanente a muchos de estos misteriosos compañeros. Ahora pasaba poco tiempo en su casa de Flatbush, adonde iba sólo para llevarse o devolver libros; y su expresión y actitud habían alcanzado un impresionante grado de extravío. Malone fue a verle un par de veces, pero las dos fue rechazado con brusquedad. No sabía nada, dijo, de complots ni de conjuras misteriosas; no tenía idea de cómo habían entrado los kurdos ni de qué pretendían. Su ocupación era estudiar con serena tranquilidad el folklore de todos los inmigrantes del distrito, asunto en el que la policía no tenía por qué meterse. Malone expresó su admiración por su viejo folleto sobre la cábala y otros mitos; pero el ablandamiento del anciano fue sólo momentáneo.

Consideró aquello una intrusión, y despidió a su visitante sin contemplaciones; Malone se retiró disgustado, y acudió a otros canales de información.

Nunca sabremos qué habría descubierto Malone si hubiese podido trabajar con continuidad en el caso. Pero un conflicto estúpido entre las autoridades locales y las federales hizo que se suspendiesen las investigaciones durante meses, en el curso de los cuales el detective se ocupó de otras misiones. Pero en ningún momento perdió interés, ni dejó de asombrarle lo que empezaba a sucederle a Robert Suydam. Coincidiendo con una ola de secuestros y desapariciones que conmocionó a Nueva York, el descuidado erudito empezó a experimentar una metamorfosis tan asombrosa como absurda. Un día le vieron por las proximidades de Borough Hall con el rostro afeitado, peinado y con un traje pulcro y de buen gusto; y en adelante, cada día se observaba en él cierta oscura mejoría.

Mantenía constantemente su nueva actitud remilgada, a la que vino a sumarse un inusitado fulgor en los ojos y una vivacidad en el habla; y poco a poco empezó a perder la corpulencia que durante tanto tiempo le había deformado. Ahora era frecuente que se le atribuyese menos edad de la que tenía; adquirió elasticidad en su modo de andar y firmeza en el porte, en consonancia con su nueva vida, y su cabello mostró un curioso oscurecimiento que no daba la impresión de deberse al tinte. Unos meses después empezó a vestir de manera cada vez menos conservadora, y finalmente asombró a sus nuevos amigos al restaurar y decorar de nuevo su mansión de Flatbush, que abrió en una serie de recepciones a las que invitó a cuantas amistades recordaba, dispensando una especial acogida a sus parientes olvidados que poco antes habían tratado de internarle.

Unos asistieron por curiosidad y otros por obligación, pero todos se sintieron súbitamente encantados ante la gracia y donaire de que hacía gala el antiguo ermitaño.

Este declaró que habla terminado casi toda la labor que se había asignado, y que puesto que acababa de heredar cierta propiedad de un amigo europeo semiolvidado, iba a pasar el resto de sus días en una segunda y más brillante juventud, cosa que hacían posible el desahogo económico, el cuidado y una estudiada dieta. Cada vez se le veía menos por Red Hook, y cada vez se movía más en la sociedad en la que habla nacido. La policía observó que los maleantes solían reunirse ahora en la vieja iglesia-sala de baile, en vez de acudir al sótano de Parker Place, aunque éste y sus recientes anexos seguían rebosantes de vida pestilente.

Entonces se produjeron dos acontecimientos bastante inconexos, aunque de enorme interés para el caso, tal como Malone lo concebía. Uno fue el anuncio discreto, aparecido en el Eagle, de los esponsales de Robert Suydam con la señorita Cornelia Gerritsen de Bayside, joven de excelente posición y pariente lejana de su viejo prometido; el otro fue una redada efectuada por la policía en la iglesia-sala de baile, al recibir aviso de que había sido vista fugazmente, en una ventana del sótano, la cara de un niño secuestrado. Malone había participado en esa redada y, una vez dentro, había examinado el lugar con todo detenimiento. No encontraron a nadie —en realidad, el edificio estaba completamente desierto cuando llegaron—, pero su sensibilidad celta se sintió vagamente turbada ante muchas de las cosas que descubrió en el interior. Había tablas con pinturas sumamente desagradables, tablas que representaban rostros sagrados con expresiones singularmente sardónicas y mundanas, los cuales adoptaban a veces gestos libertinos que incluso una sensibilidad profana decorosa apenas podía aprobar.

Tampoco le agradó la inscripción griega muro, encima del púlpito: era una antigua fórmula mágica con la que ya se había tropezado en sus tiempos de estudiante, en Dublin, y que, traducida, decía literalmente:

¡Oh amiga y compañera de la noche, tú que te solazas en el ladrido del perro y en la sangre derramada, que vagas entre las sombras de las tumbas y ansías la sangre y traes el terror a los mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil caras, mira con ojos favorables nuestros sacrificios!

Se estremeció al leer esto, y recordó vagamente las notas desafinadas y bajas de un órgano que había imaginado oír algunas noches como si salieran de debajo de la iglesia. Y otra vez se estremeció al observar herrumbre en el borde de un cuenco metálico que había sobre el altar, y se detuvo nervioso cuando su olfato percibió un hedor espantoso y extraño procedente de algún lugar cercano. Le obsesionaba el recuerdo de los acordes de órgano, y registró el sótano con especial atención antes e marcharse. El lugar le resultaba detestable; sin embargo, ¿qué eran las pinturas e inscripciones blasfemas, aparte de meras groserías perpetradas por gentes ignorantes?

Por la época en que se había fijado la boda de Suydam, la epidemia de secuestros se había convertido en un escándalo periodístico general. La mayoría de las víctimas eran niños de las clases sociales más bajas, pero el creciente número de desapariciones había suscitado un sentimiento de furia de lo más violento. Los diarios reclamaban la intervención de la policía, y una vez más la comisaría de Butler Street envió a sus hombres a Red Hook en busca de pistas, descubrimientos y criminales. Malone se alegró de ponerse otra vez en acción, y se enorgulleció de tomar parte en la redada llevada a cabo en una de las casas que tenía Suydam en Parker Place. No encontraron a ninguno de los niños secuestrados, a pesar de lo que se contaba sobre gritos, y a pesar de la venda roja recogida en el patio, pero las pinturas y las brutales inscripciones que manchaban las paredes desnudas de la mayoría de las habitaciones, y el primitivo laboratorio químico del ático, convencieron al detective de que estaba sobre la pista de algo tremendo. Las pinturas eran espantosas: monstruos horribles de todas las formas y tamaños, y parodias de siluetas humanas imposibles de describir. Las frases estaban escritas en rojo, en caracteres árabes, griegos, latinos y hebreos. Malone no pudo leer muchas de ellas, aunque lo que consiguió descifrar resultó ser portentoso y cabalístico.

Una frase, frecuentemente repetida en una especie de griego hebraizado del período helenístico, sugería las más terribles evocaciones del demonio de la decadencia alejandrina:

EL.HELOYM.SOTHER.EMMANUEL.SABAOTH.
AGLA.TETRAGRAMMAT0N.AGYROS.OTHEOS.
ISCHYROS.ATHANATOS. IEHOVA. VA.ADONAI.
SADAY.H0MOVSION.MESSIAS.ESCHEREHEYE.

Por todas partes aparecían círculos y pentáculos que hablaban sin lugar a dudas de las extrañas creencias y aspiraciones de aquellos que vivían allí de manera tan sórdida. En el sótano, sin embargo, encontró lo más extraño de todo: una pila de lingotes de oro, cuidadosamente cubierta con un trozo de arpillera; en sus brillantes superficies ostentaban los mismos horribles jeroglíficos que adornaban las paredes. Durante la redada, la policía chocó tan sólo con la resistencia pasiva de los bizcos orientales que salían como enjambres de todas las puertas. Viendo que no había nada más de importancia, tuvieron que dejarlo todo como estaba. No obstante, el comisario del distrito envió una nota a Suydam ordenándole que vigilase estrechamente a sus inquilinos y protegidos, en vista del creciente clamor público.

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