El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo V)

En junio tuvo lugar la boda, que causó gran sensación. En Flatbush reinaba la animación hacia las doce del mediodía, y una multitud de automóviles adornados con gallardetes llenaban las calles próximas a la iglesia holandesa donde habían instalado un toldo que, iba de la puerta a la calzada. Ningún acontecimiento local superó a las nupcias Suydam- Gerritsen en tono y categoría, y el grupo que dio escolta a la novia y al novio hasta el muelle de la Cunard fue, si no el más elegante, sí al menos una sólida página de la alta sociedad. A las cinco se intercambiaron los saludos, agitando la mano en señal de adiós, y el pesado transatlántico se apartó del largo espigón, giró la proa lentamente hacia el mar, soltó amarras y enfiló hacia las aguas anchurosas que le llevarían a las maravillas del vicio mundo. Era de noche cuando se despejó la cubierta, y los pasajeros rezagados contemplaron las estrellas que parpadeaban por encima de un océano no contaminado.

No se sabe si fue el carguero o el grito lo que primero llamó la atención. Probablemente fueron ambas cosas a la vez; pero de nada sirve hacer suposiciones. El grito brotó del camarote de Suydam, y quizá habría podido contar cosas espantosas el marinero que derribó la puerta si no se le hubiera trastornado el juicio en ese mismo instante; el caso es que empezó a gritar más aún que las primeras víctimas, y echó a correr estúpidamente por el barco hasta que le cogieron y le encadenaron. El médico de a bordo, que entró en el camarote unos momentos más tarde y encendió las luces, no enloqueció, pero no dijo a nadie lo que vio hasta algún tiempo después, cuando trabó correspondencia con Malone, ya en Chepachet. Fue asesinato — estrangulación—; pero no hace falta decir que las huellas que aparecieron en el cuello de la señora Suydam no podían proceder de las manos de su esposo ni de ningún ser humano, y que la inscripción que fluctuó en el blanco mamparo unos instantes en caracteres rolos, consignada después de memoria, parece que correspondía nada menos que a las pavorosas letras caldeas de la palabra «LILITH». No hace falta mencionar estas cosas porque desaparecieron rápidamente; en cuanto a Suydam, se pudo impedir al menos que entraran los demás en el camarote, hasta saber qué pensar. El médico ha asegurado claramente a Malone que no llegó a ver aquello, justo antes de encender él las luces, percibió la portilla abierta y cegada unos segundos por cierta fosforescencia, y durante un instante pareció resonar en la oscuridad del exterior algo así como una risa infernal y contenida; pero la realidad es que no vio nada. Como prueba, el doctor aduce el hecho de que conservó la cordura.

Luego, el carguero acaparó la atención de todos. Arrió un bote, y una horda de insolentes rufianes de tez oscura, vestidos con uniforme de oficial, invadió la cubierta del buque y detuvo temporalmente el barco de la Cunard. Querían a Suydam, tanto si estaba vivo como si no. Tenían noticia de su viaje, y por ciertas razones estaban seguros de que moriría. La cubierta del capitán era casi un pandemónium; durante unos momentos, entre el informe del doctor sobre la escena del camarote y las peticiones de los hombres del carguero, ni el más prudente y concienzudo de los navegantes supo qué hacer. De repente, el que dirigía a los marinos visitantes; un árabe de boca detestablemente negroide, sacó un papel sucio y arrugado y se lo tendió al capitán.

Estaba firmado por Robert Suydam, y contenía este extraño mensaje:

En caso de que muera o me ocurra algún accidente súbito o inexplicable, ruego que mi cuerpo sea confiado sin preguntas al portador de esta nota y a sus acompañantes. Para mí, y quizá para usted, todo depende del absoluto cumplimiento de esta petición. Más tarde sabrá por qué…, no me defraude ahora.

Robert Suydam

El capitán y el doctor se miraron mutuamente, y el segundo susurró algo al primero. Finalmente asintieron impotentes, y les llevaron al camarote de Suydam. El doctor hizo que el capitán desviase la mirada al abrir la puerta y dejar paso a los extraños marineros, y no respiró hasta que salieron con su cargamento, tras permanecer largo rato preparándolo. Lo sacaron envuelto en una sábana de la litera, y el doctor se alegró de que no se viera demasiado su silueta. De alguna forma, los hombres arriaron el bulto, por un costado, hasta cubierta de su barco, y se lo llevaron sin destaparlo. El barco de la Cunard reemprendió el viaje, y el doctor y el que se encargaba a bordo de las funciones funerarias trataron de llevar a cabo en el camarote de Suydam los últimos servicios que pudieron. Una vez más, el médico se vio obligado a guardar silencio hasta la mendacidad, dado el horror de lo ocurrido. Cuando el encargado de los servicios funerarios preguntó por qué le había extraído toda la sangre al cuerpo de la señora Suydam, omitió decir que él no lo había hecho, ni señaló los huecos de las botellas que faltaban en el estante, ni mencionó el olor del lavabo que delataba la forma precipitada con que las habían vaciado de su contenido original. Los bolsillos de aquellos hombres —si es que eran hombres— abultaban bastante en el momento en que abandonaron el barco. Dos horas más tarde, el mundo, conocía por la radio cuanto debía saber sobre el horrible caso.

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