El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo VI)

Esa misma tarde de junio, sin haber oído noticia alguna de lo ocurrido en altamar, Malone andaba desesperadamente ocupado por los callejones de Red Hook. Una súbita conmoción pareció estremecer el ambiente, y, como informados por un rumor de algo singular, los vecinos se arracimaron alrededor de la iglesia-sala de baile y las casas de Parker Place. Acababan de desaparecer tres niños —noruegos, de ojos azules, de las calles próximas a Gowanus—, y corrió la voz de que se estaba congregando una multitud de robustos vikingos de aquel sector. Malone llevaba semanas insistiendo sobre la necesidad de efectuar una limpieza general; finalmente, movidos por condiciones más evidentes al sentido común que las conjeturas de un soñador dublinés, accedieron a asestar un golpe definitivo. La inquietud y amenaza de esa tarde fue el factor decisivo, y poco antes de las doce de la noche un destacamento, reclutado en tres comisarías con el fin de llevar a efecto la redada, descendió hacia Parker Place y sus alrededores. Derribaron puertas, detuvieron a cuantos encontraron allí y abrieron las habitaciones iluminadas con velas, obligándolas a vomitar multitudes increíbles y heterogéneas de extranjeros vestidos con atuendos llamativos, mitras y demás ornamentos inexplicables. Mucho fue lo que se perdió en la refriega, ya que arrojaron los objetos apresuradamente a unos pozos insospechados que delataban los olores que ellos pretendían camuflar quemando a toda prisa acres inciensos. Pero había salpicaduras de sangre por todas partes; y Malone se estremeció al ver en el altar un pebetero del que aún salía humo.

Quería estar en varios sitios a la vez, y decidió inspeccionar el sótano de Suydam sólo cuando un mensajero le dijo que la derruida iglesia-sala de baile estaba completamente vacía. Pensó que quizá hubiera en el piso alguna clave sobre el rito del que el erudito de lo oculto se había convertido en alma y líder; registró con auténtica expectación las mohosas habitaciones, notó su vago olor a carroña, y examinó los libros curiosos, instrumentos, lingotes de oro y botellas con tapón de cristal, todo ello esparcido de cualquier manera. Se le cruzó por entre las piernas un gato flaco de color blanco y negro que le hizo tropezar, volcando una cubeta medio llena de un líquido rojo. La impresión fue tremenda; hasta hoy, Malone no esté seguro de lo que vio, pero todavía se representa en sueños a ese gato escabulléndose, con ciertas monstruosas alteraciones y particularidades. Luego llegó a la puerta del sótano, la vio cerrada con llave, y buscó algo con qué derribarla. Encontró cerca un pesado banco, y su sólido asiento fue más que suficiente para hacer saltar los antiguos cuarterones. Sonó un crujido, y cedió toda la puerta…, pero empujada desde el otro lado, de donde brotó el tumultuoso aullido de un viento frío como el hielo y cargado de todos los hedores del pozo inmenso, el cual adquirió una fuerza succionante que no parecía provenir de la tierra ni del cielo, y que, enroscándose como un ser vivo en torno al paralizado detective, le arrastró por la abertura y lo precipitó a insondables espacios poblados de susurros y gemidos y risotadas de burla.

Por supuesto, fue un sueño. Todos los especialistas se lo han dicho, y él no puede probar lo contrario. Desde luego, preferiría que fuese así, porque entonces la visión de los míseros barrios de ladrillo y los rostros oscuros de los extranjeros no le consumirían el alma de ese modo. Pero en aquellos momentos todo fue espantosamente real, y nada puede borrarle el recuerdo de esas criptas tenebrosas; esas arcadas titánicas y esas infernales figuras semiformadas y gigantescas que avanzaban en silencio llevando entre sus garras seres semidevorados cuyos fragmentos, vivos aún, gritaban pidiendo misericordia o reían demencialmente. Olores de incienso y de corrupción se mezclaban en nauseabundo concierto, y el aire negro hervía de bultos brumosos, semivisibles, de informes seres elementales dotados de ojos. En alguna parte, un agua negra y pegajosa lamía espigones de ónice, y, una de las veces, se oyó el tintineo estremecido de unas campanillas estridentes que saludaban a la risa loca y sofocada de una entidad desnuda y fosforescente que surgió a la superficie, salió a la orilla y se encaramó a lo alto de un pedestal tallado en oro que había en el fondo, y se puso en cuclillas mirando de soslayo.

Unas galerías de ilimitada oscuridad parecían dispersarse en todas direcciones, hasta el punto de que podía imaginar que aquello era la raíz de un contagio destinado a contaminar y tragarse ciudades enteras y a sumergir incluso naciones enteras en una fetidez de híbrida pestilencia. Aquí se había introducido el pecado cósmico, y, supurando ritos impíos, había iniciado una marcha burlesca de muerte que iba a corrompernos a todos y convertirnos en fungosas anormalidades, demasiado horrendas para encontrar descanso en las sepulturas. Aquí tenía Satanás su corte babilónica, y los miembros leprosos de la fosforescente Lilith eran lavados en sangre de niños inmaculados. Incubos y súcubos aullaban alabanzas a Hécate, y unos becerros-luna acéfalos mugían a la Magna Mater. Saltaban las cabras al son de unas flautas delgadas y odiosas y un grupo de egipanes perseguía incansablemente por las rocas a unos faunos deformes con aspecto de sapos hinchados. No estaban ausentes Moloch ni Ashtaroth, pues en esta quintaesencia de toda condenación habían quedado suprimidos los límites de la conciencia, y la fantasía del hombre abarcaba perspectivas de todos los reinos del horror y de todas las dimensiones prohibidas que el mal podía originar. El mundo y la Naturaleza estaban irremediablemente desamparados ante tales asaltos procedentes de abiertos pozos de noche, y ningún signo ni plegaria era capaz de contener el desbordante Walpurgis de horror que se había producido cuando un sabio, en posesión de la odiosa llave, había tropezado con una horda cargada con el arca cerrada y repleta de saber demoníaco.

De repente, un rayo de luz física traspasó todas estas fantasmagorías, y Malone oyó rumor de remos en medio de unos seres de blasfemia que debieran estar muertos. Surgió a la vista un bote con un farol en la proa, se dirigió velozmente hacia una argolla de hierro que habla en el muelle de piedra cubierto de lino, y vomitó a varios hombres oscuros cargados con un bulto envuelto en una sábana. Lo llevaron a la entidad desnuda y fosforescente agazapada en lo alto del dorado y esculpido pedestal, y la entidad rió y manoseó el bulto de la sábana. A continuación desenvolvieron y pusieron de pie, ante el pedestal, el cadáver gangrenoso de un viejo corpulento de barba incipiente y blancos cabellos desordenados. La entidad fosforescente rió otra vez, y los hombres se sacaron unas botellas de los bolsillos y le ungieron los pies con un líquido rojo; luego entregaron las botellas a la entidad para que bebiese de ellas.

De repente, de un callejón abovedado que se perdía a lo lejos llegaron las notas demoníacas y jadeantes de un órgano blasfemo, ahogando y anulando con sus bajos sonidos desafinados y sardónicos las risas infernales. Un instante después, todas las entidades que habla allí quedaron como electrizadas. Y agrupándose al punto en una procesión ceremonial, la horda de pesadilla se alejó solemnemente al encuentro de la música: cabras, sátiros y egipanes, íncubos, súcubos y lémures, sapos deformes, seres elementales aulladores y perrunos y huéspedes mudos de las tinieblas, guiados todos por la abominable entidad fosforescente que había ocupado el trono dorado, y que ahora avanzaba insolente portando en brazos el cadáver de ojos vidriosos del corpulento anciano. Los hombres extraños y oscuros danzaban detrás, y toda la columna saltaba y brincaba con furia dionisíaca. Malone dio unos pasos tras ellos, confuso y delirante, sin saber si estaba en este o en otro mundo. Luego dio media vuelta, vaciló y se desplomó sobre la piedra fría y húmeda, jadeante y tembloroso, mientras el órgano demoníaco seguía desafinando, y los aullidos, la percusión de los tambores y el tintineo de la loca procesión se hacia cada vez más débil.

Tenía vaga conciencia de cánticos horrendos y espantosos graznidos a lo lejos. De cuando en cuando le llegaba un gemido o gañido de devoción ceremonial a través de la bóveda tenebrosa, hasta que por último entonaron la pavorosa fórmula mágica griega cuyo texto habla leído encima del púlpito de la iglesia-sala de baile.

¡Oh amiga y compañera de la noche, tú que te solazas en el ladrido del perro (aquí estalló un aullido horrendo) y en la sangre derramada (ruidos atroces); que vagas entre las sombras de las tumbas (aquí brotó un suspiro sibilante), y ansías la sangre y traes el terror a los mortales (gritos breves y agudos de miles de gargantas), Gorgo (repetido en respuesta), Mormo (repetido en éxtasis), luna de mil caras (suspiros y notas de flauta), mira con ojos favorables nuestros sacrificios!

Al concluir la salmodia, se elevó un grito general, y unos ruidos sibilantes casi ahogaron las notas ominosas y bajas del órgano desafinado. Luego brotó un jadeo como de muchas gargantas, y una babel de ladridos y expresiones quejumbrosas: « ¡Lilith, Gran Lilith, contempla al Esposo!» Más gritos, clamor exultante, y el ruido claro de pisadas de una figura que corría. Las pisadas se acercaron, y Malone se incorporó, apoyándose en un codo, para mirar.

La claridad de la cripta, que últimamente había disminuido, aumentó ahora ligeramente, y, en esa luz demoníaca, apareció la forma fugaz de algo que no era posible que pudiese huir, ni sentir, ni respirar: el cadáver gangrenoso de ojos vidriosos del anciano corpulento, ahora sin que le sostuviesen, animado por algún sortilegio infernal del rito que acababa de concluir. Tras él venía la entidad desnuda y fosforescente del esculpido pedestal, y más atrás resollaban los hombres oscuros y toda la pavorosa tripulación de repugnancias dotadas de sensibilidad. El cadáver iba sacando ventaja a sus perseguidores, y corría con un fin deliberado, forzando cada uno de sus músculos putrefactos a fin de llegar al áureo pedestal, cuya necromántica importancia era inmensa al parecer. Un momento después habla alcanzado su objetivo, mientras que la multitud que le seguía continuaba corriendo con frenética rapidez. Pero fue demasiado tarde; porque el cadáver de ojos desorbitados que fuera Robert Suydam había logrado su objetivo y su victoria en un esfuerzo final que le desgarró los tendones, provocando el desmoronamiento de su cuerpo nauseabundo. El impulso había sido tremendo, pero su fuerza resistió hasta el final; y mientras caía convertido en una pústula fangosa de corrupción, el pedestal se tambaleó, se volcó y finalmente se precipitó desde su base de ónice a las espesas aguas, despidiendo un último destello de oro tallado al hundirse pesadamente en los negros abismos del Tártaro inferior. En ese instante se disipó también toda la escena de horror ante los ojos de Malone, quien se desmayó en medio de un estallido atronador que pareció borrar todo el maligno universo.

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