El horror de Red Hook de H. P. Lovecraft (Capítulo VII)

Al sueño de Malone, vivido todo él antes de enterarse de la muerte de Suydam y de su transbordo en alta mar, vinieron a añadirse ciertos incidentes reales del caso; aunque ésa no es razón para que nadie lo crea. Los tres edificios viejos de Parker Place, sin duda minados de corrupción desde hacía tiempo en su forma más insidiosa, se derrumbaron sin causa visible cuando estaban dentro la mitad de los policías y gran parte de los prisioneros, y, de ambos grupos, el más numeroso murió instantáneamente. Sólo se salvaron muchas vidas en los sótanos y bodegas, y Malone tuvo la suerte de encontrarse en lo más bajo de la casa de Robert Suydam. Porque estaba efectivamente allí, cosa que nadie está dispuesto a negar. Le encontraron inconsciente en el borde de un estanque negrísimo, con un espantoso revoltijo de huesos y de putrefacción —que, por las operaciones dentales, fue identificado como el cadáver de Suydam— a unos pasos de él.

El caso era sencillo, ya que era allí adonde conducía el canal subterráneo de los contrabandistas: los hombres que habían recogido a Suydam del barco le habían traído a casa. A éstos no se les llegó a encontrar, o, al menos, no se les llegó a identificar; en cuanto al médico de a bordo, no le satisfacen las explicaciones simplistas de la policía.

Suydam era, evidentemente, el jefe de unas vastas operaciones de contrabando de hombres, ya que el que llegaba hasta su casa no era sino uno de los varios canales subterráneos y túneles de la vecindad. Había un túnel que conducía de su casa a una cripta situada bajo la iglesia-sala de baile, cripta a la que se llegaba desde la iglesia sólo a través de un estrecho pasadizo que había en la pared norte, y en cuyas cámaras se descubrieron cosas terribles y singulares. Allí estaba el órgano desafinado, en una inmensa capilla abovedada, con bancos de madera y un altar extrañamente decorado. En las paredes se alineaban pequeñas celdas, en diecisiete de las cuales —resulta espantoso relatarlo— encontraron prisioneros, encadenados aisladamente y en estado de completa idiocia, entre ellos cuatro madres con niños pequeños de aspecto inquietantemente extraño. Dichos niños murieron al ser sacados a la luz, circunstancia que los doctores consideraron una suerte. Aparte de Malone, ninguno de los que los examinaron recordó la oscura pregunta del viejo Del Río: An sint unquam daemones incubi et succubae, et an ex tali congressu proles nascia queat?

Antes de cegarlos, dragaron enteramente los canales, de los que sacaron una enorme cantidad de huesos de todos los tamaños, aserrados y triturados. Evidentemente, se habla llegado a la raíz de la epidemia de secuestros, aunque, de acuerdo con las pistas legales, sólo se pudo relacionar a dos de los detenidos supervivientes con el caso.

Dichos hombres se encuentran ahora en prisión, ya que no se ha podido determinar de forma convincente su complicidad en los asesinatos mismos. No se pudo sacar a la luz el pedestal o trono de oro esculpido, tan frecuentemente citado por Malone como de gran importancia ocultista, aunque se comprobó que, en la parte del canal situada debajo de la casa de Suydam, las aguas formaban un pozo demasiado profundo y no fue posible dragarla. La condenaron y cegaron con cemento al hacer los sótanos de los nuevos edificios, pero Malone especula a menudo sobre lo que hay debajo. La policía, satisfecha de haber desarticulado una peligrosa banda de maníacos traficantes de inmigrantes, dejaron a los kurdos no convictos en manos de las autoridades federales, si bien antes de ser deportados se descubrió de manera concluyente que pertenecían a la secta yezidí de los adoradores del diablo. El carguero y su tripulación siguen siendo un misterio, aunque los escépticos detectives están dispuestos a enfrentarse con ellos, una vez más, en la lucha por impedir el paso de alijos y el contrabando de ron. Malone considera que estos detectives dan muestras de una visión lamentablemente miope con su falta de asombro ante la miríada de detalles inexplicables y la sugestiva oscuridad de todo el caso; no obstante, critica igualmente a los periódicos que sólo vieron en él un morboso sensacionalismo, y se recrearon en lo que no era sino un sádico culto secundario, cuando podían haber denunciado un horror procedente del mismo corazón del universo. Pero le alegra poder descansar tranquilo en Chepachet, sosegando su sistema nervioso y pidiendo que el tiempo vaya trasladando poco a poco su terrible experiencia del reino de la realidad presente al de la pintoresca y semimítica lejanía.

Robert Suydam descansa junto a su esposa en el cementerio de Greenwood. No se celebró ningún funeral sobre sus huesos extrañamente rescatados, y los parientes se sienten aliviados por el rápido olvido en que ha caído el caso. Desde luego, ninguna prueba legal ha confirmado la conexión del erudito con los horrores de Red Hook, ya que su muerte se anticipó a la encuesta que habría tenido que soportar. Tampoco se habla de su propio fin, y los Suydam confían en que la posteridad le recuerde sólo como el afable anacoreta que se dedicaba al estudio de la magia y el folklore.

En cuanto a Red Hook, sigue como siempre. Suydam llegó y se fue; apareció un terror, y se disipó a continuación; pero el espíritu malvado de lo tenebroso y lo sórdido sigue latente entre los mestizos que habitan en los viejos edificios de ladrillo, y las bandas de haraganes siguen desfilando, sin que se sepa con qué objeto, por delante de las ventanas donde aparecen y desaparecen inexplicablemente luces y caras retorcidas. El horror secular es una hidra de mil cabezas, y los cultos tenebrosos tienen sus raíces en blasfemias más profundas que el pozo de Demócrito. Triunfa el alma de la bestia, omnipresente, y las legiones de jóvenes de ojos turbios y picados de viruela que deambulan por Red Hook siguen maldiciendo y cantando y aullando, mientras desfilan de abismo en abismo, sin que nadie sepa de dónde vienen ni hacia dónde van, empujados por leyes ciegas de la biología que jamás entenderán. Como antes, entra en Red Hook más gente de la que sale por tierra, y corren ya rumores de que vuelve a haber nuevos canales bajo tierra que conducen a ciertos centros de tráfico de licor y de cosas menos confesables.

La iglesia-sala de baile está dedicada ahora casi siempre al baile, y se han visto rostros extraños en sus ventanas por la noche. Recientemente, un policía expresó el convencimiento de que la cripta cegada ha sido excavada otra vez con fines nada fáciles de explicar. ¿Quiénes somos nosotros para combatir venenos más antiguos que la historia y que la humanidad? Los simios danzaban en Asia ante esos horrores, y el cáncer medra y se extiende en esas filas ruinosas de edificios de ladrillo donde se oculta lo clandestino.

No se estremece Malone sin motivos, pues sólo el otro día un oficial oyó casualmente a una vieja de tez oscura que enseñaba a un chiquillo una salmodia a la sombra de un patio. Prestó atención, y le pareció muy extraño oiría repetir una y otra vez:

¡Oh amiga y compañera de la noche, tú que te solazas en el ladrido del perro y en la sangre derramada, que vagas entre las sombras de las tumbas, y ansías la sangre y traes el terror a los mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil caras, mira con oros favorables nuestros sacrificios!

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