El Modelo de Pickman de H.P. Lovecraft

No necesitas pensar que estoy loco, Elliot: muchas personas tienen prejuicios más raros que éste. ¿Por qué te ríes del abuelo de Oliver, que no monta nunca en un vehículo a motor? Si a mí no me gusta ese condenado ferrocarril metropolitano, es cuenta mía; y, de todos modos, hemos llegado más rápidamente aquí en el taxi. Si hubiéramos tomado el Metro habríamos tenido que subir a pie la colina desde Park Street.

Sé que estoy más nervioso de lo que estaba cuando me viste el año pasado, pero no por ello debes pensar en una clínica. Dios sabe que tengo numerosos motivos para estarlo, y creo que puedo considerarme afortunado al haber conservado la cordura. ¿Por qué el tercer grado? Antes no eras tan inquisitivo …

Bueno, si tienes que oírlo, no veo ningún motivo para que dejes de hacerlo. Tal vez tengas derecho a oírlo, ya que insististe en escribirme como un pariente agraviado cuando te enteraste de que había dejado de frecuentar el Art Club y me mantenía apartado de Pickman. Ahora que Pickman ha desaparecido me doy una vuelta por el club de cuando en cuando, pero mis nervios no son lo que eran.

No, no sé lo que ha sido de Pickman, y no me gusta conjeturarlo. Podías haber sospechado que sabía algo importante cuando me aparté de él … y ése es el motivo de que no quiera pensar adónde ha ido. Dejemos que la policía descubra lo que pueda. No será mucho, teniendo en cuenta el hecho de que todavía no sabe nada de la casa del North End que Pickman alquiló bajo el nombre de Peters.

No estoy seguro de que yo mismo pudiera encontrarla otra vez … ni de que vaya a intentar encontrada, ni siquiera en pleno día. Sí sé, o temo saber, por qué la alquiló. De eso voy a hablarte. Y creo que comprenderás, antes de que haya terminado, por qué no acudo a la policía. Me pedirían que les guiara hasta allí, pero no podría regresar a aquella casa aunque supiera el camino. Había algo allí … bueno, por eso no puedo utilizar el Metro, ni (y puedes reírte también de lo que voy a decir) bajar a ningún sótano ni bodega.

Pensé que comprenderías que no me aparté de Pickman por los mismos estúpidos motivos que impulsaron a hacerlo a hombres como el doctor Reid, o Joe Minot, o Rosworth. El arte morboso no me impresiona, y cuando un hombre tiene el genio que tenía Pickman, considero un honor conocerle, al margen de la dirección que tome su obra. Boston no ha tenido nunca un pintor tan grande como Richard Upton Pickman. Lo dije al principio y continúo diciéndolo, y no retrocedí una pulgada cuando exhibió aquel Vampiro alimentándose. A raíz de aquello, como recordarás, Minot dejó de tratarle.

El producir obras como las de Pickman requiere un arte profundo y una profunda percepción interior de la Naturaleza. Cualquier dibujante de portadas puede embadurnar una tela absurdamente y dar al resultado el nombre de Pesadilla, o Aquelarre de brujas o Retrato del diablo. Pero únicamente un gran pintor puede conseguir que resulte verosímil y aterrorizante. Ello se debe a que sólo un verdadero artista conoce la verdadera anatomía de lo terrible o la fisiología del miedo; el tipo exacto de líneas que se relacionan con los instintos latentes o los recuerdos hereditarios del temor, y los adecuados contrastes de color y efectos de luz que despiertan en el espectador su dormido sentido de lo extraño. No tengo que explicarte por qué un Fuseli nos hace estremecer, en tanto que la portada de una historia de fantasmas sólo provoca en nosotros la risa. Hay algo que esos individuos captan -más allá de la vida- y que son capaces de hacernos captar por unos instantes. Doré poseía esa cualidad. Sime la posee. Angarola de Chicago la posee. Y Pickman la poseía en grado superlativo, como nadie la poseyó antes que él, y como nadie, quiéralo el cielo, volverá a poseerla.

No me preguntes qué es lo que ven. En el arte normal existe una gran diferencia entre los cuadros que reproducen seres vitales extraídos de la Naturaleza y los productos comerciales elaborados en un estudio. Bueno, debería decir que el artista realmente fantástico posee un tipo de visión que le permite percibir escenas verdaderas de un mundo espectral. De cualquier modo, consigue unos resultados que difieren de las almibaradas representaciones de sueños del mismo modo que los resultados de un pintor vitalista difieren de los pastiches de un individuo que ha aprendido a dibujar por correspondencia. Si yo hubiera visto en alguna ocasión lo que Pickman vio … pero no. Vamos a beber un trago antes de profundizar en el asunto. ¡Dios! No estaría vivo si hubiera visto lo que aquel hombre -si es que era un hombre- vio.

Recordarás que el punto fuerte de Pickman eran los rostros. No creo que nadie, desde Goya, haya puesto tanta intensidad en unos rasgos faciales o en una expresión. y antes de Goya, habría que remontarse a los tipos medievales que elaboraron las gárgolas y las quimeras de Notre Dame y de Mont Saint-Michel. Ellos creían en toda clase de cosas … y tal vez veían también toda clase de cosas, ya que la Edad Media tuvo algunas fases muy curiosas. Recuerdo que en cierta ocasión le preguntaste a Pickman dónde diablos obtenía semejantes ideas y visiones. Te contestó con una desagradable risa. Y Reid se apartó de él a causa de aquella risa. Reid acababa de graduarse en patología comparada, y estaba lleno de pomposas ideas acerca del significado biológico o evolutivo de este o de aquel síntoma mental o físico. Dijo que Pickman le resultaba cada vez más repelente, y que al final, casi llegó a asustarle; que los rasgos y la expresión de Pickman se estaban desarrollando lentamente en un sentido que no le gustaba; en un sentido que no era humano. Supongo que le habrás dicho a Reid, si habéis tenido correspondencia sobre el asunto, que dejó que los cuadros de Pickman actuaran sobre sus nervios o excitaran su imaginación. Es lo mismo que le dije yo … entonces.

Pero convéncete de que no me aparté de Pickman por nada de esto. Por el contrario, mi admiración por él fue en aumento, ya que aquel Vampiro alimentándose era una obra maestra. Como ya sabes, el club no quiso exhibirlo y el Museo de Bellas Artes no lo aceptó como regalo; y puedo añadir que nadie quiso comprarlo, de modo que Pickman lo guardó en su casa hasta que se marchó. Ahora lo tiene su padre en Salem; ya sabes que Pickman procede de la antigua Salem, y que uno de sus antepasados fue colgado en 1692, por brujería.

Adquirí la costumbre de visitar a Pickman con cierta frecuencia, especialmente después de haber empezado a recoger material para una monografía sobre el arte fantástico. Probablemente fue su obra la que me sugirió la idea, y de cualquier modo, descubrí en él una mina de sugerencias y de datos en el momento de desarrollarla. Me enseñó todos los cuadros y dibujos que poseía, incluidos algunos bocetos a pluma, que hubieran provocado su inmediata expulsión del club, si muchos de sus miembros los hubieran visto. Al cabo de poco tiempo me había convertido en una especie de creyente, y me pasaba horas enteras escuchando, como un escolar, unas teorías artísticas y unas especulaciones filosóficas lo bastante descabelladas como para justificar el ingreso de Pickman en el manicomio de Danvers. Mi admiración, unida al hecho de que la gente empezaba a no querer tratos con él, hizo que se mostrara muy confidencial conmigo; y una tarde sugirió que, si estuviera seguro de mi discreción y de mi entereza, podría enseñarme algo fuera de lo corriente, algo mucho más fuerte que cualquier otra cosa de las que tenía en la casa.

Hay cosas -dijo- que no son para la Newbury Street; cosas que aquí están fuera de lugar y que no pueden ser concebidas aquí. Mi tarea consiste en captar las armonías del alma y resulta imposible encontrarlas en una serie de calles artificiales recién construidas. La Back Bay no es Boston … no es todavía nada, porque no ha tenido tiempo de almacenar recuerdos y atraer a espíritus locales. Si hay fantasmas aquí, son los fantasmas domesticados de una marisma y de una cueva poco profunda; y yo necesito fantasmas humanos; los fantasmas de seres lo bastante organizados como para haberse asomado al infierno y conocido el significado de lo que veían.

El lugar para vivir un artista es el North End. Si un esteta fuera sincero, habitaría en los barrios pobres, donde se acumulan las tradiciones. Son lugares que no han sido simplemente construidos, sino que se han desarrollado. Allí, generación tras generación han vivido, han sentido y han muerto, en una época en que la gente no temía vivir, sentir y morir. ¿Sabías que en 1632 había un molino en la Copp’s Hill, y que la mitad de las calles actuales fueron trazadas en 1650? Puedo enseñarte casas que llevan en pie más de dos siglos y medio; casas que han presenciado lo que haría derrumbarse a un edificio moderno. ¿Qué saben los modernos de la vida y de las fuerzas que hay detrás de ella? Tú das el nombre de fantasía a la brujería de Salem, pero mi retatarabuela podría haberte contado algunas cosas. La colgaron en la Gallows Hill, bajo la mirada santurrona de Cotton Mather. Mather, maldito sea, temía que alguien consiguiera fugarse de aquella condenada cárcel de monotonía. ¡Ojalá le hubieran hecho víctima de un hechizo, o sorbido su sangre durante la noche!

Puedo enseñarte una casa donde él vivió, y puedo enseñarte otra en la cual no se atrevía a entrar, a pesar de todas sus balandronadas. Sabía cosas que no se atrevió a incluir en aquel estúpido Magnalia ni en aquel infantil Maravillas del Mundo Invisible. Mira, ¿sabías que hubo una época en que todo el North End tenía una serie de túneles que mantenían a ciertas personas en contacto con otras casas, con el cementerio y con el mar? De cada diez casas supervivientes construidas antes de 1700, apuesto que en ocho de ellas puedo enseñarte algo raro en la bodega. Apenas pasa un mes sin que leamos que unos obreros han descubierto unos pasadizos subterráneos que no conducen a ninguna parte; no hace mucho se descubrió uno en la Henchman Street. Había brujas y lo que sus sortilegios invocaban; piratas y lo que traían del mar; contrabandistas; corsarios … Te aseguro que en los viejos tiempos la gente sabía cómo vivir y cómo ensanchar las fronteras de la vida. ¡Éste no era único mundo que un hombre osado y listo podía conocer! Y pensar que hoy, en cambio, los cerebros se han licuado tanto que incluso un club de supuestos artistas se estremece y convulsiona si un cuadro va más allá de los sentimientos de un hortera de la Beacon Street.

Lo único que salva al presente es su propia estupidez, que lo incapacita para interrogar al pasado. ¿Qué es lo que dicen realmente del North End los mapas, los archivos y las guías? ¡Bah! Me comprometo a llevarte a treinta o cuarenta callejas situadas al norte de la Prince Street cuya existencia no es sospechada por diez seres vivientes aparte de los extranjeros que las pueblan. ¿Y qué es lo que saben de su significado aquellos hombres de tez morena? No, Thurber, aquellos antiguos lugares están llenos de terror, de maravillas y de posibilidades de evasión de lo vulgar, y sin embargo, no hay un alma viviente que sepa comprenderlos o sacar provecho de ellos. Mejor dicho, hay una sola alma viviente … ya que no he estado hurgando en el pasado para nada.

Mira, tú estás interesado en esa clase de cosas. ¿Y si te dijera que tengo otro estudio allí, donde puedo captar el espíritu nocturno de pasados horrores, y pintar cosas en las cuales ni siquiera se me hubiera ocurrido pensar en la Newbury Street? Naturalmente, no voy a decírselo a aquellas estúpidas solteronas del club … empezando por Reid, maldito sea, susurrando siempre como si yo fuera una especie de monstruo. Sí, Thurber, hace mucho tiempo decidí que había que pintar el terror de la vida, del mismo modo que se pinta su belleza, así que efectué algunas exploraciones en lugares donde tenía motivos para saber que habita el terror.

Conseguí un lugar que no creo que tres hombre nórdicos vivientes, aparte de mí mismo, hayan visto nunca. No está muy lejos del elevado, juzgando por la distancia, pero se encuentra a muchos siglos de él, juzgando por el alma. Lo alquilé a causa del extraño pozo con paredes de ladrillo que hay en la bodega. El edificio está semi-derruido, de modo que nadie más viviría allí, y me avergonzaría decirte lo poco que pago por él. Las ventanas están tapiadas, pero lo prefiero así, ya que no necesito claridad diurna para lo que hago. Pinto en la bodega, donde la inspiración es más intensa, pero tengo otras habitaciones amuebladas en la planta baja. Su dueño es un siciliano y se lo he alquilado bajo el nombre de Peters.

Si quieres, te llevaré allí esta noche. Creo que gozarás con los cuadros, ya que he puesto en ellos lo mejor de mí mismo. No es un trayecto largo; a veces lo hago a pie, ya que no deseo llamar la atención con un taxi en un lugar semejante. Podemos tomar el elevado en la South Station hasta la Battery Street, y damos luego un pequeño paseo hasta allí.

Bueno, Elliot, después de aquella arenga creo que hubiera acompañado a Pickman al mismo infierno. Tomamos el elevado en la South Station, y alrededor de las doce nos encontrábamos en la Battery Street, andando a lo largo del antiguo muelle. Poco después trepábamos a través de la desierta longitud de la calleja más antigua y más sucia que he visto en mi vida, con tejados semihundidos, ventanas rotas y arcaicas chimeneas que se erguían medio desintegradas contra el cielo. No creo que hubiera tres casas a la vista que no estuvieran ya en pie en la época de Cotton Mather.

Desde aquella calleja, escasamente iluminada, giramos a la izquierda para introducirnos en otra calleja igualmente silenciosa y todavía más estrecha, sin ninguna luz. Pickman sacó una linterna y proyectó el haz luminoso contra una puerta antediluviana roída por la carcoma hasta tal punto que parecía imposible que se sostuviera en pie. Abriéndola, Pickman me hizo entrar en un vacío vestíbulo que conservaba los vestigios de lo que en otro tiempo fue un espléndido artesonado de roble: sencillo, desde luego, pero pavorosamente sugerido de la época de Andros, y Phipps y la Brujería. Luego me hizo cruzar una puerta que había a la izquierda, encendió una lámpara de petróleo y me dijo que me acomodara como si estuviera en mi propia casa.

Bueno, Elliot, ya sabes que soy lo que el hombre de la calle llamaría justamente un tipo duro, pero confieso que lo que vi en las paredes de aquella habitación me hizo pasar un mal rato. Eran los cuadros de Pickman -los que no podía pintar ni exhibir en la Newbury Street-, y … bueno, vamos a echar otro trago. ¡Lo necesito!

Sería inútil que tratara de describirte aquellos cuadros, ya que el espantoso, sacrílego horror, y la increíble hediondez moral se desprendían de unas simples pinceladas imposibles de traducir en palabras. No había en ellos la técnica exótica que se aprecia en Sindey Sime, ni los paisajes y la vegetación planetaria que Clark Ashton Smith utiliza para helar la sangre. Las perspectivas eran principalmente antiguos cementerios, bosques profundos, arrecifes junto al mar, túneles de ladrillo, antiguas estancias artesonadas, o simples criptas de mampostería. El cementerio de la Copp’s Hill, el cual no podía encontrarse a muchas manzanas de distancia de la casa, era uno de sus escenarios favoritos.

La demencia y la monstruosidad se reflejaban en las figuras que aparecían en primer término, ya que en el arte morboso de Pickman predominaba un demoníaco retratismo. Aquellas figuras no eran completamente humanas, aunque a menudo se aproximaban a lo humano en diversos grados. La mayoría de los cuerpos, toscamente bípedos, tenían un aire canino. ¡Uf! ¡Parece que los estoy viendo! Sus ocupaciones … bueno, no me pidas que sea demasiado concreto.

Habitualmente se estaban alimentando … no voy a decir de qué. A veces estaban agrupados en cementerios o pasadizos subterráneos, y a menudo aparecían luchando sobre su presa … o mejor dicho, su encontrado tesoro. ¡Y aquella condenada expresividad que Pickman sabía infundir a los ciegos rostros del macabro botín! Ocasionalmente, los seres saltaban a través de una ventana abierta a la noche, o permanecían agazapados sobre el pecho de algún durmiente, afanados en su garganta. Una tela mostraba a un grupo de aquellos seres aullando alrededor de una bruja colgada en la Gallows Hill, cuyo rostro muerto tenía un gran parecido con el de los repugnantes bichos.

Pero no creas que lo que me impresionó hasta la náusea fue el tema de aquellos cuadros. No soy un niño de tres años, y he visto cuadros parecidos en más de una ocasión. ¡Fueron los rostros, Elliot, aquellos malditos rostros que parecían sobresalir de la tela con un aliento de vida! ¡Incluso ahora juraría que estaban vivos!

Había un cuadro llamado La Lección … ¡Santo Cielo! ¿Puedes imaginar un agazapado círculo de seres de aspecto semicanino, en un cementerio, enseñando a un niño a alimentarse como ellos? El precio de un trueque, supongo … Ya conoces el antiguo mito acerca de los cambios que efectúan los seres sobrenaturales, los cuales dejan a sus propias crías en las cunas y se llevan a los niños que reposan en ellas. Pickman mostraba en su cuadro lo que les ocurre a aquellos niños robados, cómo crecen …, y a partir de aquel momento empecé a ver una espantosa afinidad en los rostros de las figuras humanas y no humanas. Pickman estaba estableciendo, en todas sus gradaciones de morbosidad entre lo francamente humano y lo degradadamente humano, un sardónico nexo evolutivo. ¡Los seres caninos se desarrollaban partiendo de seres humanos!

Y apenas me había preguntado lo que hacía de las crías que quedaban con el género humano en forma de trueques, cuando vi un cuadro que desarrollaba aquella misma idea. Representaba un antiguo interior puritano, con muebles del siglo XVII, con la familia reunida alrededor del padre, que leía las Escrituras. Todos los rostros, excepto uno, mostraban nobleza y reverencia, en tanto que el que constituía la excepción reflejaba la más descarada burla. Era el rostro de un joven, y sin duda perteneciente a un supuesto hijo de aquel piadoso padre, aunque su afinidad con los seres indescriptibles no podía ponerse en duda. Era su trueque … y en un rasgo de suprema ironía Pickman había dado a las facciones del joven una visible semejanza a las suyas propias.

Para entonces, Pickman había encendido una lámpara en la habitación contigua y mantenía la puerta abierta para mí, preguntándome si me importaría ver sus estudios modernos. Yo no había sido capaz de expresarle mis opiniones -el espanto y la emoción me habían dejado sin habla-, pero creo que él comprendió mi estado de ánimo y se sintió muy halagado. Y ahora quiero asegurarte de nuevo, Elliot, que no soy un pusilánime capaz de gritar ante cualquier espectáculo que se aparte un poco de lo normal. Tengo la edad suficiente como para no dejarme impresionar con facilidad. Pues bien, a pesar de ello, aquella habitación contigua al arrancó un grito de mi garganta, y tuve que agarrarme al marco de la puerta para no desplomarme al suelo. La otra habitación contenía un montón de vampiros y de brujas llenando el mundo de nuestros antepasados, pero la contigua reflejaba el horror morando en nuestra propia vida cotidiana.

¡Cómo podía pintar aquel hombre! Había un estudio llamado Accidente en el Metro, en el cual un rebaño de seres malignos surgía de una desconocida catacumba a través de una grieta del suelo y atacaba a una multitud de gente que se encontraba en la plataforma. Otro mostraba una danza en la Copp’s Hill entre las tumbas, con la perspectiva actual. También había numerosas vistas de bodegas, con monstruos surgiendo a través de agujeros abiertos en la mampostería, sonriendo siniestramente mientras permanecían agazapados detrás de barriles o de hornos, esperando que su primera víctima descendiera por la escalera.

Una desagradable tela parecía describir un amplio sector de la Beacon Hill, con ejércitos de los maléficos monstruos surgiendo a través de los agujeros que minaban el suelo. Había reproducciones de danzas en los cementerios modernos, pero lo que más me impresionó fue una escena en una cripta desconocida, donde innumerables bestezuelas se agolpaban alrededor de otra que sostenía una conocida guía de Boston y estaba leyendo, evidentemente, en voz alta, Todas las bestezuelas señalaban un párrafo determinado, y todos los rostros parecían contraídos con una risa epiléptica cuyos ecos casi me pareció oír, El título del cuadro era Holmes, Lowell y Longfellow yacen enterrados en Mount Auburn.

A medida que recobraba el dominio de mí mismo y me iba adaptando a aquella segunda estancia de diabólico extravío y morbosidad, empecé a analizar mis propias impresiones. En primer lugar, me dije a mí mismo, aquellas cosas me repugnaban porque ponían de manifiesto la inhumanidad y la endurecida crueldad de Pickman, El individuo debía de ser un implacable enemigo de todo el género humano para regocijarse de aquel modo de la tortura del cerebro y de la carne y en la degradación de lo mortal. En segundo lugar, resultaban aterradoras a causa de su misma grandeza. Su arte era el arte que convencía, Cuando veíamos los cuadros veíamos a los propios demonios y nos inspiraban miedo. Y lo más raro del caso era que Pickman pintaba de un modo natural, sin utilizar ningún truco, sin difuminaciones ni retorcimientos; los perfiles eran concretos, y los detalles casi dolorosamente definidos. ¡Y los rostros!

Lo que veíamos no era la simple interpretación de un artista, sino el propio infierno, reproducido con inflexible objetividad. Pickman no era un imaginativo ni un romántico: se limitaba a reflejar un mundo de horror que él veía en toda su plenitud. Dios sabe dónde había captado las sacrílegas formas que aparecían en sus cuadros; pero, cualquiera que fuese la fuente de sus imágenes, una cosa era evidente: Pickman, en concepción y en ejecución, era un realista meticuloso y casi científico.

A continuación bajamos a la bodega, donde se encontraba el verdadero estudio. Cuando llegamos al pie de la húmeda escalera, Pickman enfocó su linterna hacia un rincón, iluminando un círculo de ladrillo que correspondía evidentemente a un gran pozo excavado en el suelo de tierra. Nos acercamos a la abertura y vi que tenía unos cinco pies de diámetro, con paredes de un pie de espesor que sobresalían del nivel del suelo seis pulgadas, aproximadamente. Si no me equivocaba, se trataba de una sólida obra del siglo XVII. Aquello, dijo Pickman, era una abertura conectada con la red de túneles que discurrían por debajo de la colina, tal como me había explicado antes. Observé que el pozo estaba cubierto con un pesado disco de madera. Pensando en las cosas con que debía estar relacionado aquel pozo, si las descabelladas sugerencias de Pickman no habían sido simple retórica, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Luego seguí a mi anfitrión a través de una puerta que daba a una habitación de gran tamaño provista de un suelo de madera y amueblada como un estudio. Una instalación de gas acetileno proporcionaba la luz necesaria para trabajar.

Los cuadros sin terminar, colocados en caballetes o apoyados contra las paredes, eran tan horribles como los que había visto arriba, y revelaban los meticulosos métodos del artista. Las escenas estaban trazadas con sumo cuidado, poniendo de manifiesto la minuciosa exactitud con que Pickman trataba de conseguir la perspectiva y las proporciones correctas. Era un gran pintor, continúo diciéndolo ahora, a pesar de todo lo que sé. Una cámara fotográfica que había sobre una mesa me llamó la atención, y Pickman me explicó que la utilizaba para fotografiar escenarios que luego incluía como fondo en sus cuadros, evitándose de ese modo el tener que ir cargando con sus trabajos de pintar de un lado para otro, en busca de un paisaje determinado. Opinaba que una fotografía era tan buena como un escenario o un modelo reales para trabajar en el estudio, y declaró que las empleaba de un modo habitual.

Había algo inquietante en los repelentes bocetos y en las monstruosidades a medio terminar que acechaban desde todos los rincones del estudio, y cuando Pickman descubrió súbitamente una enorme tela plantada sobre un caballete, no pude reprimir un grito de horror: el segundo que había proferido aquella noche. Resonó y resonó a través de las oscuras bóvedas de aquella antigua y salitrosa bodega, y tuve que realizar un enorme esfuerzo para dominarme y no estallar en una histérica carcajada. ¡Dios misericordioso! No sé hasta qué punto estaba viviendo una realidad o una febril fantasía.

El cuadro representaba a un colosal e indescriptible monstruo de llameantes ojos rojizos que sostenía en sus huesudas garras a un ser que había sido un hombre, cuya cabeza roía del mismo modo que un chiquillo mordisquea una varilla de caramelo. Estaba agachado, y al mirarlo se experimentaba la sensación de que en cualquier momento podría soltar su presa para ir en busca de otro bocado más jugoso.

Sin embargo, lo que infundía un pánico atroz no era el rostro canino con sus puntiagudas orejas, sus ojos inyectados en sangre, su nariz achatada y sus labios babeantes. No eran las escamosas garras, ni el peludo cuerpo, ni los semiaungulados pies, aunque cada una de aquellas características podían haber enloquecido a un hombre impresionable.

Era la técnica, Elliot: la maldita, la impía, la desnaturalizada técnica. Hasta entonces no había visto plasmado en una tela un aliento vital tan positivamente real. El monstruo estaba allí -miraba ferozmente y roía, roía y miraba ferozmente-, y supe que sólo una suspensión de las leyes de la Naturaleza podía haberle permitido a un hombre pintar una cosa como aquélla sin un modelo … sin haberse asomado a un mundo infrahumano poblado por seres de pesadilla.

Prendido con una chincheta a una parte sin pintar de la tela había un trozo de papel muy arrugado. Probablemente, pensé, una fotografía que Pickman se proponía utilizar para pintar un fondo tan espantoso como la figura principal de su cuadro. Me disponía a alisarlo y echarle una mirada, cuando súbitamente vi que Pickman se sobresaltaba violentamente. Había estado escuchando con singular intensidad desde que mi grito despertó desacostumbrados ecos en la oscura bodega, y ahora parecía poseído de un miedo que, sin ser comparable al mío, tenía más de físico que de espiritual. Sacó un revólver del bolsillo y me hizo una seña recomendándome silencio; luego se dirigió a la bodega, cerrando la puerta del estudio tras él.

Creo que quedé paralizado por unos instantes. Tendiendo el oído, me pareció oír un leve sonido en alguna parte, como si algo o alguien se deslizara por el suelo, y una serie de chillidos y de golpes en una dirección que no pude determinar. Pensé en unas enormes ratas y me estremecí. Luego se oyó un ruido que me puso la carne de gallina: el ruido de una pesada madera cayendo sobre piedra o ladrillo. Madera sobre ladrillo: ¿qué me sugería aquello?

Se oyó de nuevo el ruido, esta vez más fuerte, acompañado por una vibración, como si la madera hubiera caído más lejos de lo que había caído antes. Inmediatamente resonaron seis disparos de revólver, disparados espectacularmente como un domador de leones podía disparar al aire en plan de impresionar a los espectadores. Poco después se abrió la puerta y reapareció Pickman con su arma humeante, maldiciendo a las condenadas ratas que infestaban el antiguo pozo.

– El diablo sabrá lo que comen, Thurber -gruñó-, ya que esos arcaicos túneles comunican con cementerios, guaridas de brujas y la orilla del mar. Supongo que tus gritos las excitaron. Bueno, a fin de cuentas le dan un poco de atmósfera y de colorido al lugar, ¿no te parece?

Aquél fue el final de la aventura nocturna. Pickman me había prometido enseñarme el lugar, y a fe que lo había hecho. Salimos de aquella maraña de callejas en otra dirección, al parecer, ya que de pronto me encontré en la familiar Charter Street, aunque estaba demasiado excitado para saber cómo había llegado hasta allí. Era demasiado tarde para tomar el elevado, de modo que regresamos a pie a través de la Hannover Street. Recuerdo aquel paseo. Pickman me dejó en la esquina de Joy. No he vuelto a hablar con él.

¿Por qué me aparté de Pickman? No seas impaciente. Espera que llame para que nos traigan un poco de café. No … no fueron los cuadros que vi en aquel lugar. Fue … algo que encontré en uno de mis bolsillos a la mañana siguiente. Sí, el arrugado papel prendido a aquella espantosa tela de la bodega; lo que yo pensé que era una fotografía de algún escenario que Pickman se proponía reproducir como fondo para aquel monstruo. Por lo visto, ante el repentino sobresalto de Pickman cuando iba a echarle una ojeada al papel, lo metí en el bolsillo sin darme cuenta. Pero aquí está el café: te aconsejo que lo tomes puro, Elliot.

Sí, aquel papel fue el motivo de que me apartara de Pickman; Richard Upton Pickman, el artista más grande que he conocido … y el ser más detestable que haya traspasado nunca las fronteras de la vida para asomarse a los abismos del mito y de la locura. El viejo Reid tenía razón: Pickman no era estrictamente humano.

No me pidas que te explique lo que quemé. Hay secretos que pueden proceder de la época de la antigua Salem, y Cotton Mather cuenta cosas todavía más extrañas. Ya sabes cuán condenadamente vivos eras los cuadros de Pickman, y que más de una vez nos habíamos preguntado dónde conseguía aquellos rostros.

Bueno … aquel papel no era una fotografía de una perspectiva utilizable como fondo, sino del ser monstruoso que Pickman estaba pintando en aquella horrible tela. Era el modelo que estaba utilizando, ¿sabes?

Y la fotografía había sido tomada al natural.

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