En los muros de Eryx de H. P. Lovecraft (Parte 1)

Antes de tratar de descansar voy a redactar estas notas como preparación para el informe que debo realizar. Lo que he encontrado es tan singular, tan contrario a toda experiencia pasada y a toda previsión, que merece una descripción muy cuidadosa. Llegué a la base principal de Venus el 18 de marzo, según el calendario de la Tierra; VI, 9 del calendario del planeta. Tras ser destinado al grupo más nutrido, al mando de Miller, recibí mi equipo – un reloj dispuesto para tener en cuenta la rotación, algo más rápida, de Venus- y efectué el habitual entrenamiento con máscara. M cabo de dos días se me consideró – apto para todo trabajo.

Abandonando la base de la Compañía Cristal en Terra Nova al amanecer del VI, 12, seguí la ruta del sur que Anderson había cartografiado desde el aire. El camino era malo, pues esas junglas acostumbran a ser poco transitables tras un aguacero. Debe de ser la humedad que da a esas lianas y ramas entrelazadas su dureza de cuero; una dureza tan grande que con un machete se necesita casi diez minutos para cortar algunas de ellas. M mediodía todo estaba más seco, y la vegetación adquiría una consistencia blanda y gomosa, de forma que el machete cortaba con mayor facilidad… pero ni aún así podía ir demasiado aprisa. Esas máscaras de oxígeno tipo Carter son demasiado pesadas; y el solo hecho de cargar con uña de ellas deja derrengado a un hombre ordinario. Una máscara Dubois, con un sistema de esponja en lugar de cilindros, suministraría un aire igual de bueno con solo la mitad de peso.

El detector de cristales parecía funcionar bien, señalando constantemente en una dirección que verificaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad… sin esas mentiras de los viejos «palos de zahoríes» de allá en la Tierra. Debía de haber un gran depósito de cristales en un radio de un millar y medio de kilómetros, aunque supongo que esos malditos hombres-lagarto deben de estar vigilando y guardándolo.

Probablemente deben de pensar que somos unos estúpidos por venir a Venus a buscar esas cosas, como nosotros pensamos que lo son ellos por arrodillarse en el barro y adorar cualquier trozo de esa materia que encuentran, o por tener una gran masa de la misma sobre un pedestal en su templo. Me gustaría que cambiasen de religión, pues para lo único que quieren los cristales es para rezar ante ellos. Si no fuera por su teología, nos dejarían llevarnos todas las cantidades que quisiésemos… y aunque aprendieran a aprovecharlos en la obtención de energía, habrían más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Por mi parte, ya estoy harto de no ocuparme de los depósitos principales y tener que ir buscando cristales sueltos en los lechos de los ríos de la jungla.

Algún día haré todo lo que pueda para que se lleve a cabo una matanza de esos desgraciados escamosos por un buen ejército de nuestro planeta. Una veintena de naves podrían traer las suficientes tropas como para llevarla a cabo. Uno no puede considerar que esos malditos animales sean hombres por muchas «ciudades» y torres qué edifiquen. No tienen talento más que para edificar, y para usar sus espadas y dardos envenenados, y no creo que sus llamadas «ciudades» sean mucho más que los hormigueros o las presas de los castores. Dudo que siquiera tengan un verdadero idioma; y todas esas chácharas acerca de la comunicación psicológica mediante esos tentáculos que tiene en el pecho me parecen puras memeces. Lo que engaña a la gente es que caminen sobre dos patas, cual no es más que un parecido accidental con el hombre de la Tierra.

Me gustaría atravesar alguna vez una jungla venusiana sin tener que estar atento por si me encuentro un grupo de ellos, o para evitar sus malditos dardos. Quizá no molestasen antes de que comenzásemos a llevarnos los cristales, pero ahora son realmente peligrosos… con sus lanzamientos de dardos y sus sabotajes de nuestras conducciones de agua. Cada vez estoy más convencido de que tienen un sentido especial similar a nuestros detectores de cristales.

Nunca se ha sabido que molestaran a un hombre – si exceptuamos el lanzamiento de dardos a larga distancia – que no llevase cristales encima. Hacia la una del mediodía un dardo casi se me arrancó el casco, y por un segundo creí que uno de mis cilindros de oxígeno había sido perforado. Esos taimados diablos no habían hecho ningún ruido, pero tres de ellos me estaban rodeando. Los cacé a todos moviendo en círculo mi pistola lanzallamas, pues aunque su color se confundía con el de la jungla, pude descubrirlos por el movimiento de las ramas. Uno de ellos tenía dos metros y medio de alto, con un morro similar al de un tapir. Los otros dos tenían la habitual estatura de dos metros diez. Lo único que hace que sean una verdadera amenaza es su gran número… y un solo regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Sin embargo, es curioso cómo han logrado ser la especie dominante del planeta. No existe otra especie viviente más desarrollada que los reptantes akmans y skorahs, o los tukanhs voladores del otro continente… a menos que, naturalmente, esos agujeros de la Meseta Dioneana oculten algo.

Hacia las dos de la tarde mi detector señaló hacia el oeste, indicando unos cristales aislados situados hacia mi derecha. Eso estaba de acuerdo con lo que decía Anderson, y por consiguiente, cambié de dirección. El camino era más duro, no solo porque era en cuesta, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más densas. Estaba dando golpes de machete a ugrats y pisando skorahs continuamente, y mi traje de cuero estaba totalmente manchado por los estallidos de los darohs que me golpeaban por todos lados. La luz era más débil a causa de la neblina, y el calor del sol no parecía acabar de secar el barro. Cada vez que daba un paso mi pie se hundía doce o quince centímetros, y se oía un sonido de succión, blup, cada vez que lo levantaba.

Me gustaría que alguien inventase otro tipo de material que usar en los trajes para este clima que no fuera cuero. Naturalmente la tela se pudriría; pero algún tipo de tejido metálico fino que no se rasgase – como la superficie de este cubre papiros, que resiste la podredumbre – debería ser posible de conseguir. Comí hacia las 3,30, si es que el tragarse esas repugnantes tabletas alimenticias a través de la máscara puede ser llamado comer. Poco después me fijé en que se producía un claro cambio en el paisaje: las brillantes flores de aspecto venenoso cambiaban de color y tomaban un tinte funerario. Las siluetas de todas las cosas tremolaban rítmicamente, y aparecían brillantes puntos de luz que bailaban al mismo ritmo lento y continuo. Tras lo cual la temperatura pareció fluctuar al unísono con un peculiar ritmo tamborileante.

Todo el universo parecía estar temblando con profundas pulsaciones regulares que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y mi mente. Perdí todo sentido del equilibrio y me tambaleé mareado, pero las cosas no cambiaron lo más mínimo cuando cerré mis ojos y me cubrí las orejas con las manos. No obstante, mi mente aún estaba clara, y en pocos minutos me di cuenta de lo que había sucedido. Habla encontrado al fin una de aquellas curiosas plantas de espejismo acerca de las cuales tantos de nuestros hombres contaban historias. Anderson me había advertido que tuviera cuidado con ellas, y me habla descrito con precisión su apariencia: el velludo tallo, las espinosas hojas, y las moteadas flores cuyas gaseosas exhalaciones, productoras de sueños, penetran cualquier tipo existente de máscara.

Recordando lo que le había sucedido a Bailey hacía tres años, caí en un momentáneo pánico, y comencé a correr tambaleante en el loco y caótico mundo que las exhalaciones de la planta hablan tejido a mí alrededor. Luego, el sentido común regresó a mí, y me di cuenta de que lo único que tenía que hacer era retirarme del punto donde estaban las peligrosas flores, alejándome de la fuente de las pulsaciones y siguiendo a ciegas un camino, sin importarme lo que pareciese girar a mí alrededor, hasta que hubiese logrado salir del radio de acción de la planta, y estar a salvo.

Aunque todo giraba en forma peligrosa, traté de seguir la dirección correcta y abrirme paso hacia adelante. Mi ruta. debía de ser todo menos recta, pues parecieron pasar horas antes de que lograra librarme de la ofuscante influencia de la planta productora de espejismos. Gradualmente las danzantes luces comenzaron a desaparecer, y el espectral paisaje comenzó a tomar un aspecto más sólido. Cuando estuve completamente a salvo miré mi reloj y me asombró darme cuenta de que solo eran las 4,20. Aunque me había parecido que pasaba una eternidad, toda aquella experiencia no habla durado más de media hora. Sin embargo, todo retraso era molesto, y había perdido camino al huir de la planta. Ahora seguí hacia adelante, ladera arriba, en la dirección indicada por el detector de cristales, empleando todas mis energías en el intento de ir más deprisa. La jungla seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal.

En una ocasión una flor carnívora rodeó mi pie derecho, y lo asió con tal fuerza que tuve que liberarme a golpes de machete, haciendo trizas la planta antes de lograr que me soltase. En menos de una hora me di cuenta de que la vegetación estaba haciéndose menos densa, y hacia las cinco de la tarde, tras pasar una región de helechos gigantes con pocos matorrales entre ellos, salí a una gran meseta musgosa. Ahora, mi paso se hizo rápido, y vi por los estremecimientos de la aguja de mi detector que estaba aproximándome bastante al cristal que buscaba. Era realmente extraño, porque la mayor parte de los dispersos esferoides en forma de huevo se hallaban en los arroyos de la jungla, de un tipo que no era muy probable encontrar en aquel terreno alto, sin árboles.

El terreno seguía subiendo, y acababa en una cresta muy definida. Llegué a la cima hacia las 5,30 y vi ante mi una llanura muy extensa y bosques en la distancia. Sin lugar a dudas aquello era la meseta cartografiada por Matsugawa desde el aire, hacía cincuenta años, y que era llamada en nuestros mapas Eryx o Meseta Eryciniana. Pero lo que hizo acelerar el ritmo de mi corazón fue un pequeño detalle, cuya posición no podía haber estado muy alejada del centro exacto de la llanura. Era un único punto de luz, que brillaba a través de la neblina y que parecía atraer la penetrante luminosidad concentrada de los amarillentos rayos del 501, atenuados por los vapores. Era sin duda el cristal que buscaba: un objeto que probablemente no sería mayor que el huevo de una gallina, y que no obstante contenía la suficiente energía como para mantener caliente durante un año a toda una ciudad. Mientras contemplaba el distante brillo, me preguntaba por qué sería que aquellos miserables hombres-lagarto adorasen a aquellos cristales sin que, no obstante, tuvieran la menor noción de la energía que contenían.

Echando a correr, traté de alcanzar el inesperado premio lo más rápidamente posible; y me sentí molesto cuando el firme musgo dio paso a un muy fluido y especialmente detestable barro moteado con ocasionales manchas de vegetación. Pero seguí chapoteando sin detenerme, sin pensar ni siquiera en mirar a mi alrededor en busca de algún hombre-lagarto al acecho. En aquel espacio abierto no era muy probable caer en una emboscada. Y mientras avanzaba la luz frente a mi parecía aumentar de tamaño y brillantez, y comencé a darme cuenta de alguna peculiaridad en su situación. Claramente se trataba de un cristal de una gran calidad, y mi alegría creció con cada paso chapoteante.

Es ahora cuando debo comenzar a tener mucho cuidado al hacer mi informe, ya que lo que tendré que decir de ahora en adelante implicará temas sin precedente, aunque afortunadamente verificables. Iba corriendo hacia adelante con creciente ansiedad, y ya me encontraba a un centenar de metros, más o menos, del cristal, cuya posición en una especie de elevación del terreno parecía algo rara dado el omnipresente barro, cuando una inesperada y tremenda fuerza me golpeó en el pecho y en los nudillos, echándome hacia atrás, al barro. El chapoteo de mi caída fue terrible, y la blandura del terreno y la presencia de algunas hierbas resbaladizas no libró a mi cabeza de un anonadador golpe. Durante un momento me quedé boca arriba, demasiado atontado como para poder pensar. Entonces, mecánicamente, me puse en pie y comencé a sacudirme algo del barro y suciedad de mi traje de cuero.

No tenía ni idea de qué era aquello con lo que había tropezado. No había visto nada que hubiese podido producir aquel golpe, ni tampoco lo veía ahora. ¿Acaso habría, después de todo, resbalado simplemente en el barro? Mis doloridos nudillos y pecho me negaban esta posibilidad. O, ¿sería todo el incidente una ilusión creada por alguna oculta planta de espejismos? Parecía poco probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas usuales, y porque no había por allí ningún lugar en el que un vegetal tan chillón y visible pudiera ocultarse a mi vista. Si hubiéramos estado en la Tierra, hubiera sospechado que se trataba de una barrera de fuerza N colocada por algún gobierno para marcar una zona prohibida, pero en aquella región deshabitada por el hombre tal noción parecía absurda. Finalmente logré recuperarme, y decidí investigar con cautela. Manteniendo mi machete todo lo por delante que podía para que fuera lo primero que se encontrase con la extraña fuerza, comencé a caminar de nuevo hacia el brillante cristal, disponiéndome a adelantar paso a paso con una gran deliberación. Al tercer paso me vi detenido por el impacto de la punta del machete contra una superficie aparentemente sólida… una superficie sólida allá donde mis ojos no veían nada.

Al cabo de un momento recuperé mi aplomo. Extendiendo mi enguantada mano, verifiqué la presencia de una materia sólida invisible, o de una ilusión táctil de materia sólida, frente a mí. Moviendo la mano comprobé que la barrera tenía una extensión sustancial, y una lisura parecida a la del cristal, sin que hubiera evidencia de junturas de bloques separados. Animándome a realizar nuevos experimentos, me quité un guante y palpé aquello con la mano desnuda. Desde luego era duro y su tacto era vítreo, y con una extraña frialdad que contrastaba con el aire que me rodeaba. Forcé la vista al máximo en un esfuerzo por divisar alguna huella de sustancia obstructora, pero no pude ver nada. Ni siquiera había evidencias de un poder refractor, juzgando por el aspecto del terreno situado enfrente. La ausencia de un poder reflexivo quedaba probada por el que no hubiera una imagen brillante del sol en ningún punto.

Una intensa curiosidad comenzó a desplazar cualquier otro sentimiento, y amplié mis investigaciones lo mejor que pude. Explorando con las manos, comprobé que la barrera se extendía desde el suelo hasta un nivel mucho más alto del que yo podía alcanzar, y que se prolongaba indefinidamente hacia ambos lados. Era, pues, un muro de algún tipo, aunque su propósito y el material de que estaba construido eran algo que no podía ni imaginar. De nuevo pensé en la planta de espejismos y los sueños que inducía, pero al cabo de un instante abandoné tal idea.

Golpeando con fuerza la barrera con la empuñadura del machete, y dándole patadas con mis gruesas botas, traté de interpretar los sonidos así producidos. En aquellas reverberaciones había algo que recordaba al cemento armado, aunque mis manos notaban la superficie más bien vítrea o metálica al tacto. Ciertamente me enfrentaba con algo extraño, y de lo cual no había previa experiencia. El siguiente paso en toda lógica era hacerse idea de las dimensiones del muro. El problema de la altura sería difícil de resolver, si es que no era imposible, por lo que quizá fuera más fácil ocuparse antes de la cuestión del largo y forma. Extendiendo los brazos y manteniéndome apretado contra la barrera, comencé a caminar lentamente hacia la izquierda, fijándome muy bien hacia qué lado estaba dando frente. Tras algunos pasos concluí que la pared no era recta, sino que me encontraba siguiendo parte de algún amplio circulo o elipse. Y entonces mi atención fue distraída por algo totalmente distinto… algo relacionado con el aún lejano cristal que era el objetivo de mi búsqueda.

Ya he dicho que aún desde mayor distancia la posición del objeto brillante aprecia extraña en alguna manera indefinible, pues se hallaba sobre un bajo montículo que se alzaba sobre el barro. Ahora, a un centenar de metros, podía ver claramente a pesar de la neblina lo que era el montículo. Era el cuerpo de un hombre ataviado con uno de los uniformes de cuero de la Compañía Cristal, caído boca arriba y con su mascarilla de oxígeno medio hundida en el barro a algunos centímetros de distancia. En su mano derecha, apretada convulsivamente contra el pecho, se hallaba el cristal que me había traído allí: un esferoide de increíble tamaño, tan grande, que los dedos muertos casi no podían cerrarse sobre él.

Aún a aquella distancia podía darme cuenta de que el hombre llevaba muerto poco tiempo. Se veía muy poca descomposición, y reflexioné que en un tal clima aquello significaba que la muerte se había producido hacía tan solo un día. Pronto las odiosas moscas-farnoth comenzarían a amontonarse sobre el cuerpo. Me pregunté quién seria el hombre. Desde luego nadie que hubiera visto en aquel viaje. Debía tratarse de uno de los veteranos ausente en un largo periplo, que había llegado a aquella región independientemente de los trabajos de Anderson.

Y allí yacía, más allá de todo problema, y con los rayos del gran cristal surgiendo de entre sus rígidos dedos. Durante más de cinco minutos me quedé allí mirando, lleno de asombro y aprensión. Un curioso miedo me asaltó, y tuve el irrazonable impulso de escapar corriendo. No podía haber sido asesinado por aquellos repugnantes hombres-lágarto, pues aún tenía el cristal que había hallado. ¿Tendría aquello alguna conexión con la pared invisible? ¿Dónde habría hallado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado uno por aquellos alrededores mucho antes de que aquel hombre pudiera haber perecido. Ahora comencé a ver en aquella barrera invisible algo siniestro, y retrocedí, apartándome de ella con un estremecimiento. Y, sin embargo, sabía que tenía que solucionar el misterio con aún más rapidez y de una vez por todas, debido precisamente a aquella reciente tragedia.

De pronto, con una sacudida que devolvió mi mente al problema con que se enfrentaba, sé me ocurrió una forma posible de estudiar la altura del muro, o al menos de averiguar si se extendía o no indefinidamente hacia arriba. Tomando un puñado de barro, dejé que gotease hasta que hubo adquirido una cierta consistencia, y entonces lo lancé a lo alto, hacia la barrera totalmente transparente. A una altura de quizá cuatro metros golpeó a la superficie invisible con un sonido resonante, desintegrándose y fluyendo en chorritos que bajaban con una sorprendente rapidez. Claramente se veía que el muro era alto. Un segundo puñado, lanzado aún más hacia arriba, golpeó la superficie a unos cinco metros de altura, desapareciendo tan rápidamente como el primero.

Reuní entonces todas mis fuerzas y me preparé a lanzar un tercer puñado tan alto como me fuera posible. Dejando escurrir el barro, y apretándolo para conseguir que estuviera lo más compacto posible, lo lancé con tal inclinación que temí que no alcanzase siquiera a la barrera. No obstante, lo hizo, y esta vez cruzó el muro y cayó en el barro de más allá con un violento chapoteo. Al fin tenía una idea aproximada de la altura del muro, pues el barro la había sobrepasado a unos seis metros de altura. Resultaba pues totalmente imposible ascender una pared lisa y resbaladiza, vertical, de una altura de unos seis metros. Por consiguiente, debía continuar rodeando la barrera en la esperanza de hallar un portal, un fin, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo un círculo completo u otra figura geométrica cerrada, o era simplemente un arco o un semicírculo? Actuando según mi decisión, reinicié mi lento camino hacia la izquierda, moviendo mis manos arriba y abajo sobre la superficie invisible por si tenía la suerte de hallar alguna ventana u otra pequeña abertura. Antes de comenzar a andar, traté de marcar mi posición abriendo a patadas un agujero en el barro, pero era demasiado fluido como para poder dejar una huella en él. No obstante, determiné aproximadamente el lugar fijándome en una alta cicada de la lejana selva, que aprecia estar en línea con el brillante cristal, situado a un centenar de metros de mí. Si no había ningún portal o fisura, ahora podría saber cuándo había dado una vuelta completa a la pared.

No había tenido que seguir mucho rato antes de lograr determinar que la curvatura indicaba un recinto circular de un centenar de metros de diámetro, siempre que la figura fuera regular. Eso quería decir que el muerto yacía cerca de la pared en un punto casi opuesto de la región donde yo había iniciado mi experimento. ¿Estaría en la parte interior o exterior del recinto? Aquella era algo que pronto averiguaría. Cuando lentamente fui dando vuelta a la barrera sin hallar ninguna puerta, ventana u otra interrupción, decidí que el cuerpo debía de encontrarse en el interior. Desde más cerca las facciones del muerto, y la forma en que sus ojos miraban, me parecieron algo inquietantes.

Cuando me hallé muy cerca creí reconocerlo como Dwight, un veterano al que nunca había tratado, pero al que había visto en el puesto el año pasado. El cristal que aferraba era ciertamente un ejemplar precioso: el mayor espécimen que jamás hubiera visto. Estaba tan cerca del cuerpo que, de no ser por la barrera, lo hubiera podido tocar, cuando mi tanteante mano izquierda halló un ángulo en la superficie invisible. En un segundo averigüé que se trataba de una abertura de unos noventa centímetros de ancho, que se extendía desde el suelo hasta una altura mayor de la que podía alcanzar. No había puerta, ni ninguna evidencia de señales de bisagras que hablasen de una puerta desaparecida. Sin un solo momento de duda di un paso hacia adelante y avancé otros dos hacia el cuerpo postrado, que yacía formando un ángulo recto con la sala en que había entrado, en lo que parecía ser un corredor sin puerta, que intersectaba con ella. Me produjo una nueva sensación de curiosidad el darme cuenta de que el interior de aquel vasto recinto estaba dividido por paredes.

Inclinándome para examinar el cadáver, descubrí que no tenía herida alguna. Esto no me sorprendió, ya que la presencia del cristal era un argumento en contra de que su muerte se debiera a los reptiles nativos. Buscando alguna posible causa de su fallecimiento, mis ojos cayeron sobre la máscara de oxígeno que se encontraba junto a los pies del cadáver. Eso sí que era significativo. Sin aquel artefacto ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante más de treinta segundos y Dwight, si es que era él, obviamente había perdido el suyo. Probablemente lo había llevado descuidadamente atado, de forma que el peso de los cilindros había soltado las correas, una cosa que no hubiera sucedido con una máscara de esponja Dubois. El medio minuto de tiempo había sido demasiado poco para permitir al hombre recuperar su protección, o quizá el contenido cianógeno de la atmósfera fuera anormalmente alto en el momento en que se produjo el accidente. Tal vez estaba demasiado ocupado admirando el cristal… fuera donde fuese que lo hubiera hallado. Aparentemente acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, pues la tapa de la misma estaba desabrochada.

Entonces procedí a arrancar el enorme cristal de los dedos del explorador muerto… una tarea que la rigidez del cadáver hacía muy difícil. El esferoide era mayor que el puño de un hombre, y brillaba como si tuviera vida propia a los rojizos rayos del sol que se hallaba en el oeste. Cuando toqué la brillante superficie me estremecí involuntariamente, como si al tomar aquel precioso objeto me hubiera transferido el fatal destino que había caído sobre su anterior propietario. No obstante, mis recelos pronto se desvanecieron, y cuidadosamente introduje el cristal en la bolsa de mi uniforme de cuero. La superstición nunca ha sido uno de mis defectos.

Colocando el casco del hombre sobre su inerte rostro, de ojos muy abiertos, me alcé y salí de nuevo, a través de la invisible puerta, hacia la sala de entrada del gran recinto. Entonces se reavivó mi curiosidad acerca del extraño edificio, y me estrujé el cerebro especulando acerca de su material, origen y propósito. No podía creer ni por un momento que se debiera a la mano del hombre. Nuestras naves habían llegado a Venus hacia solamente setenta y dos años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Además, el conocimiento humano no incluía ningún sólido perfectamente transparente y no refractante como el que componía aquella construcción. Podía descartarse la idea de que en la prehistoria los humanos hubieran invadido Venus, con lo que uno debía volver a la idea de que se trataba de una construcción nativa. ¿Habría precedido a los hombres4agarto una olvidada raza de seres altamente evolucionados? A pesar de sus ciudades elaboradamente edificadas, parecía difícil el aceptar que aquellos reptiloides hubieran hecho algo así. Debió de haber existido otra raza eones antes, de la que quizá esta fuera la última reliquia. ¿O acaso futuras expediciones hallarían ruinas de un origen similar? El propósito de una tal edificación era algo que se prestaba a cualquier conjetura… pero su extraño material, aparentemente nada práctico, me sugería un uso religioso.

Consciente de mi incapacidad para resolver estos problemas, decidí que lo único que haría seria explorar la construcción invisible. Estaba convencido de que varias salas y corredores se extendían por la aparentemente vacía llanura de barro; y creí que el conocimiento de su disposición podía llevar a algo significativo. Así que, tanteando mi camino a través de la puerta y pasando junto al cadáver, comencé a avanzar a lo largo del corredor hacia aquellas regiones interiores de las que presumiblemente había venido el muerto. Más tarde investigaría la estancia que acababa de abandonar. Tanteando como un ciego, a pesar de la neblinosa luz, me moví lentamente hacia delante. Pronto el corredor giró con brusquedad y comenzó a seguir una espiral hacia el centro en círculos cada vez más cerrados. De vez en cuando mi tacto revelaba un pasadizo sin puerta que intersectaba el que yo seguía, y varias veces encontré intersecciones en las que había dos, tres y cuatro caminos divergentes.

En esos casos siempre seguía la ruta más interna, que parecía formar una continuación de la que yo estaba atravesando. Habría mucho tiempo para examinar los ramales cuando hubiera alcanzado las regiones internas y regresado de ellas. Apenas si puedo describir lo extraño de la experiencia… ¡Atravesando los pasadizos invisibles de un edificio que no podía ver, construido por seres desconocidos en un planeta extraño! Al fin, aún tanteando, noté que el corredor finalizaba en un espacio abierto de considerable tamaño. Palpando, averigüé que me encontraba en una cámara circular de unos tres metros de diámetro; y por la posición del cadáver y de ciertos puntos de referencia en el bosque, juzgué que aquella cámara se hallaba en el centro del edificio, o cerca de él. De ella surgían cinco corredores además de aquel por el que había llegado, pero mantuve a este último en mi memoria, tomando una alineación visual del cadáver con un árbol determinado en el horizonte, cuando me encontré en la entrada.

No había nada en esta habitación que la distinguiese; simplemente el omnipresente suelo de barro. Preguntándome si aquella parte del edificio tendría techo, repetí mi experimento, lanzando hacia arriba un puñado de barro, y en seguida averigüé que éste no existía. Si alguna vez lo había habido, debía de haberse desplomado hacía mucho, pues nunca encontré a mis pies ni restos, ni cascotes. Mientras reflexionaba, se me ocurrió que era realmente extraño que aquella estructura, aparentemente tan arcaica, estuviese tan despr6vista de bloques caídos, fisuras en las paredes, y otros atributos normales del paso del tiempo. ¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecha? ¿ Por qué no se notaban evidencias de que las paredes, vítreas y asombrosamente homogéneas, estuviesen constituidas por bloques separados? ¿Por qué no había señales de puertas, ni interiores ni exteriores? Solo sabía que me encontraba en un edificio circular, sin techo, sin puertas, de alguna extraña, lisa, perfectamente transparente, no reflectante ni refractante sustancia, de un centenar de metros de diámetro, con muchos corredores, y una pequeña sala circular en el centro.

Ninguna otra investigación directa podría enseñarme nada más. Entonces observé que el sol se estaba hundiendo en el Oeste; ya era un disco dorado que flotaba en un estanque escarlata y naranja sobre los árboles, difuminados por la niebla, del horizonte. Resultaba claro que tendría que apresurarme si es que deseaba elegir un lugar seco en el que dormir antes de que cayese la noche. Desde hacía mucho, había decidido acampar para pasar la noche en el firme borde de la meseta, cubierto de musgo, cerca de la cresta desde la que había divisado por primera vez el brillante cristal, esperando que mi habitual buena fortuna me salvase del ataque de los hombres-lagarto. Siempre he creído que deberíamos viajar en grupos de dos o más, para que alguien pueda estar de guardia mientras el otro duerme, pero el número relativamente pequeño de ataques nocturnos hace que la Compañía no se preocupe demasiado de ellos. Esos malditos escamosos parecen tener dificultades para ver de noche, a pesar de sus curiosas antorchas fosforescentes.

Habiendo tomado de nuevo el pasadizo por el que había llegado, comencé a regresar a la entrada de la estructura. Las subsiguientes exploraciones podrían esperar al próximo día. Tanteando mi camino lo mejor que pude a través del corredor, con solo una dirección general, mis recuerdos y un vago reconocimiento de algunos de los pocos definidos grupos de matorrales de la llanura como guías, pronto me encontré de nuevo cerca del cadáver. Ahora había una o dos moscas farnoth volando sobre el rostro cubierto por el casco, y supe que comenzaba a descomponerse. Con una fútil repugnancia instintiva alcé mi mano para alejar la vanguardia de los carroñeros… cuando se manifestó una cosa extraña y asombrosa. Una pared invisible que detuvo el movimiento de mi mano me demostró que, a pesar de lo cuidadoso de mi intento de desandar el camino, no había regresado al corredor en el que yacía el cadáver. En cambio, me hallaba en un corredor paralelo pues sin duda había dado alguna vuelta equivocada en los intrincados pasadizos de allá atrás. Esperando encontrar una puerta que diera a la cámara de entrada algo más hacia adelante, continué mi avance, pero de pronto llegué a una pared que cerraba el paso. Así que tenía que regresar a la cámara central e iniciar de nuevo mi camino. No podía saber exactamente dónde me había equivocado.

Miré el suelo para ver si por algún milagro habían quedado huellas que me pudiesen guiar, pero en seguida me di cuenta de que el fluido barro solo mantenía dichas huellas durante escasos momentos. No tuve mucha dificultad en encontrar de nuevo mi camino al centro, y una vez allí reflexioné cuidadosamente sobre el camino correcto hacia el exterior. Antes me había ido demasiado hacia la derecha. Esta vez tenía que tomar una desviación mas a la izquierda en alguna parte… aunque el sitio exacto era algo que tendría que decidir por el camino.

Mientras tanteaba de nuevo mi camino, me sentía bastante confiado en que fuera el correcto, y me fui hacia la izquierda en una bifurcación que estaba seguro de recordar. La espiral continuaba y tuve buen cuidado en no perderme por ningún pasadizo que intersectase el que seguía. Sin embargo pronto vi, muy disgustado, que estaba pasando a considerable distancia del cadáver; evidentemente aquel pasadizo llegaba a la pared exterior en un punto mucho más allá del sitio donde se encontraba. En la esperanza de que existiese otra salida en la mitad del muro que aún no había explorado, seguí hacia adelante varios pasos más, pero al fin me encontré de nuevo con una barrera sólida. Resultaba claro que la disposición del edificio era mucho más complicada de lo que había supuesto. Entonces dudé entre regresar de nuevo al centro o intentar seguir alguno de los corredores laterales que se dirigían hacia el cadáver. Si elegía aquella segunda alternativa, corría el riesgo de romper el hilo mental que me indicaba dónde me hallaba; por lo que era mejor que no lo intentase a menos de que pudiera pensar en alguna forma de dejar una huella visible tras de mí. El cómo dejar tal huella era un verdadero problema, y hurgué en mi mente buscando una solución. No parecía llevar nada encima que pudiera dejar una señal en algo, ni ningún material que pudiera desparramar, o dividir en pequeños trozos para ir sembrando a mi paso.

Mi pluma no tenía efecto alguno sobre la pared invisible, y no podía dejar un rastro de mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiera estado dispuesto a desprenderme de ellas, no hubiera habido bastantes… y además las pequeñas tabletas se hubieran hundido instantáneamente en el barro, desapareciendo. Busqué en mis bolsillos tratando de hallar algún anticuado bloc de notas, que a menudo se usa de una forma no oficial en Venus a pesar de lo rápidamente que se pudre el papel en la atmósfera del planeta, ya que podría haber roto y sembrado sus páginas, pero no pude encontrar ninguno. Obviamente resultaba imposible romper el delgado pero resistente metal del papiro de notas, ni tampoco mi vestimenta me ofrecía ninguna posibilidad. En la peculiar atmósfera de Venus no podía arriesgarme a desprenderme de mi uniforme de cuero, y se había eliminado toda prenda interior a causa del clima. Traté de manchar con barro las lisas paredes invisibles tras de escurrirlo para dejarlo lo más seco posible, pero me encontré con que se deslizaba hasta el suelo tan rápidamente como los puñados que había usado para averiguar la altura. Finalmente saqué mi machete y traté de hacer una raya en la fantasmagórica superficie… algo que pudiese reconocer con la mano, aunque no ofreciese la ventaja de ser visible desde lejos. No obstante resultó inútil, pues la hoja no causaba la menor impresión en el asombroso material desconocido.

Frustrado en todas mis tentativas de marcar un camino, de nuevo busqué la cámara central con mis recuerdos. Parecía mucho más fácil regresar a aquella habitación que seguir un camino definido y predeterminado que lo alejase a uno de ella, y tuve pocas dificultades en encontrarla de nuevo. Esta vez fui anotando en mi papiro cada giro que daba, dibujando un burdo diagrama hipotético de mi ruta, y señalando todos los corredores divergentes. Naturalmente era un trabajo enloquecedoramente lento, dado que todo tenía que ser determinado por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero creía que a la larga me sería de utilidad. Cuando llegué a la sala central ya estaba avanzado el largo crepúsculo de Venus, pero aún tenía esperanzas de llegar al exterior antes de que oscureciese totalmente. Comparando mi diagrama recién hecho con mis recuerdos previos, creía haber localizado mi primer error, así que de nuevo partí confiado a lo largo del corredor invisible. Me fui más hacia la izquierda aún que en los anteriores intentos, y traté de señalar mis giros en el papiro por si estaba aún equivocado. En la creciente oscuridad podía ver la débil silueta del cadáver, ahora en el centro de una repugnante nube de moscas farnoth. No me cabía duda de que no pasaría mucho tiempo antes de que los sificlighs, que viven en el barro, se acercasen babeando desde la llanura para completar el nauseabundo festín.

Acercándome al cadáver con cierta reluctancia, estaba preparándome a pasar junto a él, cuando una repentina colisión con una pared me demostró que, de nuevo, había equivocado el camino. Ahora me daba cuenta, claramente, de que esta perdido. Lo inextricable del edificio hacía imposible el hallar una solución rápida, y probablemente tendría que hacer un cuidadoso estudio antes de poder esperar salir de él. Sin embargo, aún me sentía ansioso por llegar a un terreno seco antes de que cayera la oscuridad; así que regresé una vez más al centro y comencé una serie desordenada de pruebas coronadas siempre por el fracaso, tomando notas a la luz de mi lámpara eléctrica. Cuando usé este artefacto me fijé con interés en que no producía reflejos, ni el mínimo resplandor, en las paredes transparentes que me rodeaban. No obstante, ya estaba preparado para esto, ya que en ningún momento el sol había producido un destello en el extraño material.

Estaba aún tanteando cuando la oscuridad se hizo total. Una densa niebla ocultaba la mayor parte de las estrellas y los planetas, pero la Tierra era claramente visible como un brillante punto verdeazulado hacia el sudeste. Acababa de pasar el punto de oposición, y ahora seria una visión maravillosa de contemplar por un telescopio. Hasta pedía divisar la Luna junto a ella cuando los vapores se hacían momentáneamente menos densos. Ahora era totalmente imposible ver el cadáver, mi único punto de referencia, así que regresé a la cámara central tras algunos giros en falso. Después de todo, tendría que abandonar la esperanza de dormir sobre terreno seco. No podía hacer nada hasta que saliese el sol, y, tal como estaban las cosas, lo mejor sería descansar allí mismo. El acostarse en el barro no sería agradable, pero con mi traje de cuero resultaba factible. En anteriores expediciones había dormido bajo condiciones aún peores, y ahora la misma exhausción me ayudaría a superar mi repugnancia.

Así que aquí estoy, acuclillado en el barro de la sala central y tomando estas notas en mi papiro a la luz de la lámpara eléctrica. Hay algo casi humorístico en mi extraña e inusitada desdicha. Perdido en un edificio sin puertas… ¡un edificio que no puedo ver! Sin duda saldré de él a primera hora de la mañana, y llegaré a Terra Nova con el cristal a última hora de la tarde. Ciertamente es una verdadera belleza… con un sorprendente lustre aún a la débil luz de esta lámpara. Acabo de sacarlo para examinar. A pesar de mi fatiga, el sueño tarda en llegarme, así que sigo escribiendo. Pero debo terminar ahora. No hay muchas posibilidades de que sea molestado por aquellos malditos nativos en este lugar. Lo que menos me gusta es el cadáver… pero, afortunadamente, mi máscara de oxígeno me evita los peores efectos de la podredumbre. Estoy usando los cubos de clorato con mucho tiento. Ahora tomaré un par de tabletas alimenticias y me echaré a dormir. Luego proseguiré.

Sigue en la parte 2 >

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