La Sombra Doble de Clark Ashton Smith

Mi nombre es Pharpetron, entre aquellos que me han conocido en Poseidonis; pero ni siquiera yo, el último y más aventajado de entre los discípulos del sabio Avyctes, conozco el nombre de aquello en lo que estoy destinado a convertirme mañana. Por tanto, bajo la luz menguante de las lámparas de plata, en la casa de mármol de mi maestro sobre el sonoro mar, escribo esta historia con mano temblorosa, garabateando con tinta, de mágicas virtudes, sobre antigua vitela gris de inapreciable piel de dragón. Cuando lo haya terminado de escribir, introduciré estas páginas en un cilindro sellado de oricalco, y arrojaré el cilindro al mar desde la ventana más alta, no sea que aquello en que estoy destinado a convertirme destruya este escrito por casualidad. Y puede ser que marineros de Lephara, camino de Umb y Pneor en sus altas trirremes, encuentren el cilindro, o que los pescadores lo extraigan de las olas con sus redes, y, habiendo leído mi historia, los hombres descubran la verdad y se den por advertidos, y ningún hombre oriente sus pasos, desde entonces, a la pálida casa de Avyctes, morada de demonios.

Durante seis años, he vivido apartado junto a mi anciano maestro, olvidándome de mi juventud y sus correspondientes deseos, en el estudio de cosas arcanas. Hemos profundizado, más que todos los que nos precedieron, en el estudio del saber prohibido; hemos llamado a los habitantes de criptas selladas de los temibles abismos más allá del espacio. Pocos son los hijos de la humanidad que han deseado buscarnos entre los estériles acantilados barridos por el viento, y muchos, pero sin nombre, fueron los visitantes que recibimos desde los más remotos confines del tiempo y el espacio.

Austera y blanca, como una tumba, era la mansión en que habitábamos. Lejana estaba, sobre los desnudos acantilados negros, sobre los que el mar del norte trepa indomable y rugiente, o mengua con el murmullo incesante de un ejército de confusos demonios, siempre llena, como una tumba de huecos sonidos, con el eco lúgubre de sus voces tumultuosas,. y los vientos lloran su triste cólera en torno a las altas torres, pero no las agitan. Por el lado del mar, la mansión se alza, sin transición, desde el acantilado vertical, pero, en los otros lados, hay estrechas terrazas, donde crecen cedros enanos y retorcidos, que siempre se inclinan ante las galernas. Monstruos gigantescos de mármol vigilan los portales por el lado de tierra, y enormes mujeres de basalto guardan los apretados pórticos sobre el oleaje, y poderosas estatuas y momias se levantan por todas panes, por las habitaciones y los pasillos. Pero, excepto éstos, y las entidades que hemos convocado, no hay nadie que nos acompañe, y los zombies y las sombras han sido los servidores de nuestras necesidades de cada día.

Todos los hombres conocen la fama de Avyctes, el único discípulo que ha sobrevivido de aquel Malygris, quien aterrorizó Susran por medio de su nigromancia desde su torre leonada. Malygris, quien descansó en la muerte durante años mientras los hombres aún le creían con vida; quien, yaciendo así, todavía pronunciaba potentes hechizos y terribles oráculos con los labios en putrefacción. Pero Avyctes no ansiaba el poder temporal a la manera de Malygris, y, habiendo aprendido todo lo que los hechiceros mayores podían enseñarle, se retiró de las ciudades de Poseidonis para encontrar otro dominio aun mayor; y a mí, el joven Pharpetron, se me permitió, durante los años tardíos de Avyctes, unirme a su soledad, y, desde entonces, he compartido sus austeridades, vigilias e invocaciones…, y ahora, de igual manera, debo compartir la extraña condena que ha acudido en respuesta a su invocación.

No sin terror (dado que el hombre es apenas un mortal), yo, el neófito, contemplé al principio los rostros, formidables y repugnantes de aquellos que a Avyctes obedecían. Me estremecí ante las negras contorsiones de las cosas del submundo que salían de los braseros, a través del humo de muchos tamaños; grité con horror ante la asquerosidad, gris, colosal y sin forma, que se levantaba malignamente alrededor del círculo dibujado con siete colores, amenazando con castigos inmencionables a los que estábamos en el centro. No sin repugnancia, bebí el vino que me fue escanciado por cadáveres, y comí el pan que me fue proporcionado por fantasmas. Pero la repetición y la costumbre borraron la novedad, destruyeron el miedo, y, con el paso del tiempo, llegué a creer que Avyctes era señor sobre todos los encantamientos y exorcismos, con un poder infalible para expulsar a todos los seres que invocaba.

Bien le habría ido a Avyctes —y a mí— si el maestro se hubiese conformado con la sabiduría conservada de Atlantis y Thule, o traída de Mu. Sin duda, esto debería haber bastado, porque en los libros de hojas de marfil de Thule estaban escritas con sangre runas que llamarían a los demonios del quinto y séptimo planetas si se pronunciasen en voz alta durante la hora de su ascensión; y los hechiceros de Mu habían dejado el informe de un procedimiento por el cual las puertas del lejano futuro podían ser abiertas, y nuestros padres, los atlantes, habían conocido la carretera entre los átomos y el sendero a las lejanas estrellas. Pero Avyctes tenía sed de un conocimiento más oscuro, un imperio mas profundo… Y a sus frágiles manos, durante el tercer año de mi noviciado, llegó la tableta, brillante como un espejo, de la perdida gente serpiente.

A ciertas horas, cuando la marea había descendido de las empinadas rocas, acostumbrábamos a descender, por unas escaleras ocultas en cavernas, a una playa rodeada de acantilados detrás del promontorio en que se levantaba la casa de Avyctes. Allí, en las pardas arenas mojadas, mas allá de las espumosas lenguas de las olas, descansarían los gastados y curiosos restos de extrañas cosas y el tesoro que los huracanes habían extraído de las insondables profundidades. Y allí habíamos encontrado las volutas de grandes caracolas rojas y sanguinolentas, y toscos montones de ámbar gris, y blancas flores perennes de coral, y, en una ocasión, el barbárico ídolo de verde bronce que había sido el mascarón de proa de una galera de lejanas islas hyperbóreas…

Había habido una gran tormenta, de las que agitan los mares hasta en sus más remotas profundidades, pero la tempestad se había calmado por la mañana, y no había nubes en el cielo en aquel aciago día, y los vientos demoniacos estaban calmados entre los negros desfiladeros y acantilados, y el mar tartamudeaba con un susurro bajo, como el crujido de colas de vestido de samnita arrastradas por doncellas fugitivas por la arena. Y, justo más allá de la menguante ola, en un revoltijo de algas bermejas, encontramos algo que brillaba como el sol de una manera cegadora. Y, corriendo adelante, la arranqué del pecio antes de que la ola regresase, y se la llevé a Avyctes.

La tableta estaba hecha con algún metal sin nombre, como un hierro que nunca se herrumbrase, pero más pesado. Tenía la forma de un triángulo y era más ancha que el corazón de un hombre. Por un lado, estaba completamente en blanco como un espejo. Por el otro, había pequeñas filas de caracteres torcidos que estaban profundamente grabados en el metal, como por acción de algún ácido mordiente, y dichos caracteres no eran los jeroglíficos o caracteres alfabéticos de ningún lenguaje conocido por mi maestro o por mí. Sobre la antigüedad de la tableta y su origen, podíamos formarnos pocas conjeturas, y nuestra erudición resultó completamente inútil. Durante muchos días más tarde, estudiamos el escrito y mantuvimos discusiones que no rindieron fruto. Y, noche tras noche, en un cuarto elevado cerrado contra los vientos continuos, pensamos sobre el sorprendente triángulo a la luz de las altas llamas erguidas de las lámparas de plata. Porque Avyctes consideraba que éste era un conocimiento de extraordinario valor, algún secreto de una magia antigua o extraterrestre debería estar contenido en los caracteres torcidos que no ofrecían pista alguna. Entonces, dado que todos nuestros estudios eran inútiles, el maestro buscó otra manera de adivinarlo, recurrió a la brujería y a la nigromancia. Pero al principio, de entre todos los demonios y fantasmas que contestaron a nuestras invocaciones, ninguno pudo decirnos nada concerniente a la tableta. Y cualquier otro que no fuese Avyctes se habría desesperado por fin… Y hubiera sido bueno que se desesperase, y no hubiera buscado más descifrar el escrito.

Los meses y los años pasaron con el bajo sonido tronante del mar chocando contra las oscuras rocas y el temerario clamor de los vientos en torno a las torres blancas. Y aún continuábamos con nuestros estudios y nuestras invocaciones; y más lejos, siempre más lejos, nos adentramos en el reino sin luz de los espacios y de los espíritus, aprendiendo, quizá, a abrir las múltiples infinitudes. Y, a veces, Avyctes volvería a su estudio de la tableta encontrada en el mar, e interrogaría a algún visitante en torno a su interpretación. Por fin, mediante el uso de una fórmula casual de un experimento vano, invocó al fantasma, vago y tenue, de un hechicero de los años prehistóricos, y el fantasma, con un débil susurro en una lengua bárbara y olvidada, nos informó que las letras en la tableta eran aquellas de la gente serpiente, cuyo continente, la antigüedad primordial, se había hundido antes de que Hyperbórea se alzase del barro. Pero el fantasma nada pudo decirnos de su significado, porque, incluso en su época, el pueblo serpiente se había convertido en una dudosa leyenda, y su profunda sabiduría prehumana y su hechicería eran cosas que no podían ser recuperadas por los hombres.

Ahora bien, en todos los libros de hechizos poseídos por Avyctes, no había ninguno por el cual pudiese llamarse a la perdida gente serpiente de su época fabulosa. Pero había una vieja fórmula lemurea, recóndita e incierta, con la cual la sombra de un hombre muerto podía ser enviada a años posteriores a los de su vida, y podía ser invocada después de un tiempo por el brujo. Y la sombra, siendo por completo insustancial, no sufriría daño alguno de su transición temporal, y recordaría, para la información del brujo, lo que se le hubiera ordenado aprender durante su viaje. Así, habiendo invocado de nuevo al fantasma del hechicero prehistórico, cuyo nombre era Ybith, Avyctes hizo un uso bastante raro de varias gomas y fragmentos de madera fósil, y, él y yo, recitando los responsos de la fórmula, enviamos el espíritu de Ybith a las lejanas edades de los hombres serpientes. Y, tras un tiempo que el maestro consideró suficiente, realizamos el curioso rito de encantamiento por el que se llamaría a Ybith. Y los ritos tuvieron éxito. Ybith se alzó de nuevo ante nosotros como un vapor que el soplido del aire está a punto de hacer desaparecer, y, en palabras tan débiles como el eco de recuerdos que están a punto de olvidarse, el espectro nos comunicó la clave para la comprensión de las letras que había aprendido en el pasado prehumano. Y, después de esto, no interrogamos más a Ybith, sino que consentimos que regresase a su reposo y al olvido.

Entonces, conociendo el sentido de los nimios y retorcidos caracteres, leímos el escrito de la tableta e hicimos una traducción del mismo, aunque no sin trabajos y dificultades, dado que los propios fonemas de la gente serpiente y los símbolos e ideas eran algo distintos de los de la humanidad. Y, cuando hubimos descifrado la inscripción, descubrimos que contenía la fórmula para cierta invocación que, sin duda, había sido utilizada por los hechiceros serpientes. Pero el objeto de la invocación no era mencionado, tampoco había pista alguna sobre la naturaleza o identidad de lo que acudiría en respuesta a los ritos. Y, lo que es más, no había un rito correspondiente de exorcismo o un hechizo para hacerlo partir.

Grande fue la alegría de Avyctes, considerando habíamos encontrado una sabiduría más allá de las expectativas o el recuerdo del hombre. Y, aunque yo intenté disuadirle, se decidió a emplear la invocación, argumentando que nuestro descubrimiento no era algo casual, sino que estaba decretado por el destino desde el principio. Y no parecía estar preocupado ante la amenaza que podría representar para nosotros el conjuro de cosas cuyo nacimiento y atributos nos resultaban por completo desconocidos.

—Porque —dijo Avyctes— no he llamado, durante los años de mi brujería, ni dios, ni diablo, ni demonio, ni aparecido ni sombra que no pudiese controlar y despedir, según mi capricho. Y me resisto a creer que exista algún espíritu o poder que se encuentre más allá del control de mis encantamientos que pudiera haber sido convocado por una raza de serpientes, cualquiera que, en la nigromancia y las ciencias demoniacas, haya sido su habilidad.

Así que, viendo que se mostraba obstinado y reconociéndole como mi maestro en todos los sentidos, estuve de acuerdo en ayudar a Avyctes en el experimento, aunque no sin malos presentimientos. Y entonces juntamos, en la cámara de los conjuros, durante la hora y la conjunción de las estrellas especificadas, el equivalente de los variados materiales raros que la tableta había indicado que debían utilizarse en el ritual. Sobre mucho de lo que hicimos, y sobre ciertos agentes que utilizamos, mejor no hablar; tampoco recordaré las agudas palabras silbantes que resultaban difíciles de articular a seres no nacidos de serpientes, cuya entonación formaba una parte importante de la ceremonia. Hacia el final, dibujamos en el suelo un triángulo con la sangre fresca de pájaros, y Avyctes se puso de pie en un ángulo y yo en el otro; y la delgada momia parda de un guerrero atlante, cuyo nombre había sido Oigos, fue colocada en el otro. Y, así situados, Avyctes y yo sujetamos en nuestras manos velas hechas con grasa de cadáver hasta que las velas se hubieron quemado entre nuestros dedos como si fuesen candelabros. Y, sobre las palmas extendidas de la momia de Oigos, como si fuesen incensarios huecos, ardieron talco y amianto, encendidos por medio de un extraño fuego cuyo secreto conocíamos. A un lado, habíamos dibujado una elipse inquebrantable, hecha con una repetición encadenada y sin fin de los doce signos inmencionables de Oumor, a los cuales podríamos retirarnos en caso de que el visitante se mostrase enemigo o rebelde. Esperamos mientras que las estrellas que circundan los polos pasaban, como había sido prescrito. Entonces, cuando las velas se hubieron apagado entre nuestros dedos chamuscados, y el talco y el amianto estuvieron del todo consumidos en las palmas gastadas de la momia, Avyctes pronunció en voz alta una palabra cuyo sentido era oscuro para nosotros, y Oigos, animado por la brujería y sujeto a nuestra voluntad, repitió la palabra tras un intervalo preestablecido, en un tono que era tan vacío como un eco nacido en una tumba, y yo, durante mi turno, también la repetí.

Ahora, en la cámara de la invocación, antes de comenzar el ritual, habíamos abierto una pequeña ventana que daba al mar y, de idéntica manera, habíamos dejado abierta una gran puerta en el salón que daba a la tierra, no fuese que lo que acudiese en contestación necesitase un modo especial de entrada. Y, durante la ceremonia, el mar estuvo en calma y no sopló el viento, y parecía que todas las cosas estuviesen en silencio a la espera de la llegada del visitante sin nombre. Pero, cuando estuvo hecho, y la última palabra había sido repetida por Oigos y por mi, nos quedamos de pie y esperamos vanamente por un signo visible u otra manifestación. Las lámparas ardían con tranquilidad, y no caía otra sombra que las proyectadas por nosotros, por Oigos y por las grandes mujeres de mármol a lo largo de las paredes. Y en los espejos mágicos que habíamos colocado hábilmente para que reflejasen a aquellos que de otra manera no serían vistos, no contemplamos señal o rastro de imagen alguna.

Ante esto, al pasar un rato, Avyctes se quedó gravemente desilusionado, considerando que la invocación había fallado en su propósito, y yo, con la misma idea, me encontraba secretamente aliviado. Interrogamos a la momia de Oigos, para descubrir si él había descubierto en el cuarto, con tales sentidos como son propios de los muertos, alguna señal segura o una prueba dudosa de una presencia que no hubiese sido notada por los vivos. Y la momia nos dio una respuesta nigromántica, diciendo que no había nada.

—En verdad —dijo Avyctes—, sería inútil esperar más. Porque, con seguridad, de alguna manera, hemos interpretado mal el sentido del escrito, o hemos fracasado a la hora de duplicar los materiales utilizados en la invocación, o en la entonación correcta de las palabras. O puede ser que, con el transcurso de tantos evos, la cosa que anteriormente estaba acostumbrada a contestar ha dejado por fin de existir, o ha alterado sus atributos de manera que el hechizo es ahora nulo y sin valor.

Ante esto, asentí, bien dispuesto, con la esperanza de que el asunto había llegado a su fin. Y después reasumimos nuestros estudios acostumbrados, e hicimos escasa mención el uno al otro de la extraña tableta y de su inútil fórmula. Igual que antes, transcurrieron nuestros días, y el mar trepó y rugió furioso sobre los acantilados, y los vientos gritaron con su invisible y adusta cólera, inclinando los cedros igual que los brujos se inclinan ante el aliento de Taaran, el dios del mal. Con la maravilla de nuevos experimentos y encantamientos, casi olvidé el inútil conjuro, y parecía que Avyctes también lo había olvidado. Todas las cosas eran igual que antes, todas nuestras mágicas percepciones, y no había nada para preocuparnos en nuestra sabiduría y serenidad, que considerábamos segura por encima de la soberanía de los reyes. Leyendo en las estrellas nuestro horóscopo, no descubrimos un mal futuro en este aspecto; tampoco nos fue revelada una sombra de mal a través de la geomancia, o de los otros modos de adivinación que empleábamos. Y nuestros demonios familiares, aunque horribles y temibles a la mirada de los mortales, eran del todo obedientes a nosotros, sus amos.

Entonces, durante una clara tarde de verano, paseamos, como era nuestra costumbre, por la terraza de mármol de la parte trasera de la casa. Vestidos con túnicas de púrpura oceánica, andábamos entre los árboles barridos por el viento con sus retorcidas sombras, y allí, siguiéndonos, vi la azul sombra de Avyctes y la mía propia sobre el mármol; y, entre ellas, una sombra que no era proyectada por ninguno de los cedros. Y me quedé muy sorprendido, pero no le hablé a Avyctes del asunto, sino que observé a la sombra con disimulo y cuidado. Vi que seguía de cerca a la del maestro, manteniendo siempre la misma distancia. Y no temblaba a causa del viento, sino que se deslizaba como algún líquido pesado, denso y purulento, y su color no era ni azul ni púrpura ni negro, ni ningún otro color al que los ojos del hombre estén acostumbrados, sino un tono como de una putrescencia más oscura que la muerte, y su forma era completamente monstruosa, como proyectada por algo que caminaba erguido, pero que tenía la cabeza roma y el largo cuerpo ondulante de algo que debería arrastrarse en vez de andar.

Avyctes no se había fijado en la sombra, y yo todavía tenía miedo de hablar, aunque pensé que era mala cosa para mi maestro tener semejante compañía. Y me acerqué a él, con el fin de descubrir por medio del tacto, o de cualquier otro sentido, la presencia invisible que proyectaba esa sombra. Pero el aire estaba vacío en dirección al sol, desde la sombra, y no encontré nada opuesto a él, ni en ninguna otra dirección oblicua, aunque busqué con cuidado, sabiendo que ciertos seres proyectan su sombra de esta manera. Después de un rato, a la hora acostumbrada, volvimos a la casa a través de las retorcidas escaleras y los portales, flanqueados por monstruos. Y vi a la extraña sombra moviéndose siempre detrás de la sombra de Avyctes, cayendo horrible y sin interrupciones sobre los escalones y pasando, claramente separada y distinta, sobre la larga sombra de los elevados monstruos. Y en los oscuros salones más allá del sol, en los cuales no debería haber sombras, contemplé con horror la mancha asquerosa y distorsionada, con su pestilente color sin nombre. siguiendo a Avyctes como en lugar de su propia perecida fuente. Y durante todo aquel día, a todas partes a las que nos dirigimos, a la mesa servida por espectros o a la biblioteca vigilada por momias, la cosa persiguió a Avyctes pegándosele como la lepra al leproso. Y el maestro aún no la había notado, y yo me abstenía de avisarle con la esperanza de que nuestro visitante se retiraría en su momento, marchándose tan discretamente como había llegado.

Pero a la medianoche, cuando estábamos sentados juntos bajo la luz de las lámparas de plata, estudiando las runas escritas con sangre de Hyperbórea, vi que la sombra se había acercado más a la sombra de Avyctes, levantándose detrás de su silla, sobre la pared. Y la cosa era un chorreo torrencial de la podredumbre del cementerio, la asquerosidad más allá de las negras lepras del infierno; y ya no pude soportarlo más y, gritando de miedo y de asco, informé al maestro de su presencia. Contemplando la sombra ahora, Avyctes la estudió con atención, y no había ni miedo ni temor ni repugnancia en las profundas arrugas de su rostro. Y me dijo por fin:

—Esta cosa es un misterio mas allá de mi ciencia, pues nunca, en su práctica, había acudido a mí una sombra sin ser llamada. Y, dado que todas nuestras invocaciones anteriores han sido contestadas, debo considerar que esta sombra es la entidad, la umbría o la señal de una entidad, que ha acudido en retrasada respuesta a la fórmula de los hechiceros serpientes, que habíamos considerado nula y sin poder. Y pienso que estaría bien que nos dirigiésemos ahora a la cámara de las conjuraciones, e interroguemos a la sombra de la manera que podamos.

Nos dirigimos entonces a la cámara de conjuraciones, e hicimos los preparativos que resultaban necesarios y posibles. Y, cuando estuvimos preparados para interrogarla, la sombra desconocida se había acercado todavía más a la sombra de Avyctes, así que la distancia entre las dos no era mayor que la anchura del bastón del nigromante. Entonces, de todas las maneras posibles, interrogamos a la sombra, hablando a través de nuestros propios labios y de los labios de momias y de estatuas. Pero no hubo respuesta, y, llamando a algunos de los diablos y fantasmas que eran nuestros espíritus familiares, intentamos interrogarla a través de sus bocas, pero no hubo resultado. Y, mientras tanto, nuestros espejos estaban vacíos de cualquier presencia que pudiese haber proyectado la sombra; y aquellos que habían sido nuestros portavoces no podían detectar nada en el cuarto. Y no había hechizo alguno, eso parecía, que tuviese poder sobre el visitante. Así que Avyctes se preocupó, y, dibujando en el suelo, con sangre y cenizas, la elipse de Oumor, en la cual no puede entrar espíritu ni demonio alguno, se retiró a su centro. Pero, aun dentro de la elipse, la sombra siguió a la suya, como una fluida mancha de corrupción líquida, siendo el espacio entre las dos no mayor que la pluma de un mago.

Sobre el rostro de Avyctes, el horror había trazado nuevas arrugas, y su frente estaba perlada con un sudor de muerte. Porque sabía, como yo, que ésta era una cosa que estaba más allá de toda ley, y que no representaba otra cosa que un desastre y una maldad incontables. Y me gritó con voz temblorosa diciendo:

—No tengo conocimientos sobre esta cosa o sobre sus intenciones hacia mí, ni poder para frenar su avance. Vete y abandóname ahora, porque no deseo que hombre alguno contemple la derrota de mi brujería y la condena que de esto puede resultar. Además, estaría bien que te marchases cuando todavía hay tiempo, no sea que tú también te conviertas en presa de la sombra…

Aunque el terror había calado en lo más profundo de mi alma, era reacio a abandonar a Avyctes. Pero había jurado obedecer su voluntad en todo momento y en todos los sentidos, y, lo que es más, me sabía dos veces impotente frente a la sombra, ya que el propio Avyctes era impotente. Así que, despidiéndome de él, marché con miembros temblorosos de la cámara encantada y, mirando atrás desde el umbral, vi que la sombra extraña, arrastrándose como una repugnante mancha sobre el suelo, había tocado la sombra de Avyctes. Y, en ese momento, el maestro gritó en voz alta como quien tiene una pesadilla, y su rostro ya no era el rostro de Avyctes, sino que estaba convulso y contorsionado como el de un loco furioso que lucha contra invisibles súcubos. Y ya no miré más, sino que escapé por el oscuro pasillo exterior, hacia las puertas que dan a la terraza.

Una luna roja, ominosa y con giba, se había puesto sobre los acantilados, y las sombras de los cedros eran alargadas bajo la luna, temblando bajo la galerna como las túnicas de los brujos. Inclinándome contra la tormenta, escapé a través de la terraza, hacia las escaleras exteriores que daban a un empinado sendero que iba al desierto de rocas y precipicios más allá de la casa de Avyctes. Me aproximé al borde de la terraza, corriendo con una velocidad producto del miedo, pero no pude alcanzar la parte superior de la escalera exterior; porque, a cada paso, el mármol fluía debajo de mí, escapando como el pálido horizonte de quien lo busca. Y, aunque corría sin pausa, no podía acercarme al borde de la terraza. Al cabo, desistí notando que algún hechizo había alterado el propio espacio en torno a la casa de Avyctes, de forma que nadie pudiese escapar de allí. Así que, resignándome a lo que quiera que fuese a suceder, regresé a la casa. Y, ascendiendo las escaleras blancas, bajo los rayos, bajos e igualados, de la luna atrapada en los acantilados, vi una figura que me esperaba en las puertas. Y supe, por la túnica colgante de púrpura marino, pero no por ninguna otra señal, que la figura era Avyctes. Porque la cara ya no era por completo la cara de un hombre, sino que se había transformado en una amalgama, asquerosamente fluida, de rasgos humanos con una cosa que no podría identificarse sobre la tierra. La transfiguración era más repugnante que la muerte o la corrupción, y el rostro ya estaba coloreado, con la tonalidad sin nombre, corrupta y purulenta, de la extraña sombra, y su silueta había adquirido un parecido parcial con la achatada de la sombra. Las manos de la figura ya no eran aquellas de un ser terrenal, y la forma debajo de la túnica se había alargado con una blandura nauseabundamente ondulante, y el rostro y los dedos parecían gotear a la luz de la luna una podredumbre delicuescente. Y la oscuridad perseguidora. como una plaga que fluía densa, había corroído y distorsionado la propia sombra de Avyctes, que ahora era doble de una manera que aquí no será contada.

Con ganas habría gritado, o hablado en voz alta, pero el horror había secado la fuente del lenguaje. Y la cosa que había sido Avyctes me llamó en silencio, sin pronunciar palabra con sus labios vivos y podridos. Y con ojos que ya no eran ojos, sino una abominación purulenta, me miró firmemente. Y agarró mi hombro con fuerza, con la blanda lepra de sus dedos, y me condujo, medio desmayado a causa del asco, por el pasillo hasta el salón donde se encontraba la momia de Oigos, quien nos había ayudado en el triple encantamiento de los hombres serpientes, junto a varios de sus semejantes. Bajo las lamparas que iluminaban la habitación, ardiendo con una luz pálida, fija y perpetua, vi que las momias estaban erguidas a lo largo de la pared en su exánime reposo, cada una en su lugar acostumbrado, con su larga sombra acompañada con una sombra en todo similar a la cosa maléfica que había perseguido a mi maestro y ahora se había incorporado a él.

Recordé cómo Oigos había realizado su parte del ritual, y cómo había repetido una palabra desconocida que se indicaba después de Avyctes, y así supe que el horror le había llegado a Oigos por turno y se descargaría sobre los muertos al igual que sobre los vivos. Porque la repugnante cosa sin nombre, que en nuestra presunción habíamos llamado, no era capaz de manifestarse ante nuestra percepción de mortales de otra manera que no fuese ésta. La habíamos arrastrado desde profundidades insondables del tiempo y el espacio, utilizando, de una manera ignorante, una fórmula terrible, y la cosa había acudido en su propia hora elegida, para dejar su marca de la abominación más extrema en quienes la habían invocado.

Desde entonces, la noche ha menguado, y un segundo día ha pasado con un perezoso fluir del horror… He contemplado la completa identificación de la sombra con la carne y la sombra de Avyctes… y también he visto la lenta usurpación de la otra sombra de la sombra flaca del cuerno seco y abetunado de Oigos, y convertirlos en algo parecido a la cosa en que Avyctes se ha transformado. Y he escuchado a la momia gritar, como un hombre vivo, con gran dolor y miedo, como en la agonía de una segunda muerte, al chocar con la sombra. Y hace tiempo que se ha quedado en silencio, al igual que el otro horror, y no conozco ni sus pensamientos ni sus intenciones.

Y, en verdad, no sé si la cosa que ha venido es única o múltiple; tampoco sé si su avatar se dará por satisfecho con aquellos que la invocaron en su momento, o si se extenderá a otros. Pero estas cosas, y muchas otras, las sabré pronto, porque ahora es mi turno, hay una sombra que sigue a la mía acercándose más y más. El aire se congela y se cuaja con un miedo desconocido, y los que fueron nuestros demonios familiares han escapado de la mansión, y las grandes mujeres de mármol parecen temblar visiblemente en sus puestos en la pared.

Pero el horror que fue Avyctes y el segundo horror que fue Oigos no me han abandonado. Con ojos que no son ya ojos, parecen meditar y vigilar, esperando hasta que yo me convierta en algo como ellos. Y su silencio es más terrible que si me hubiesen descuartizado miembro a miembro. Y hay voces extrañas en el viento y rugidos discordes en el mar, y los muros tiemblan como si fuesen un delgado velo frente al negro aliento de remotos abismos. Así que, consciente de que el tiempo es escaso, me he encerrado en el cuarto de los volúmenes y de los libros, y he escrito esta memoria. Y he tomado la brillante tableta triangular cuya solución fue nuestra ruina, y la he arrojado desde la ventana al mar, con la esperanza de que nadie la encuentre después de nosotros.

Y ahora debo finalizar, y meter este escrito dentro de un cilindro sellado de oricalco, y arrojarlo para que flote sobre las olas. Porque el espacio entre mi sombra y la sombra del horror disminuye por momentos… y el espacio no es mayor que la pluma de un mago.

Nota: El video que encabeza este relato fue producido y publicado por El Abuelo Kraken. Si te gusta este tipo de material, te invitamos a que utilices nuestra aplicación gratuita para Android: Archivo Lovecraft.

Otros artículos de interés

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *